Relato de ficción original.
Asha pasó el resto de la noche leyendo diarios escritos con su propia letra. Cada uno pertenecía a una vida diferente. En algunos se llamaba Asha Merin. En otros Asha Val. Había nacido en familias distintas y trabajado en edificios que ya no existían. Sin embargo, todos los cuadernos repetían un mismo patrón.
Siempre terminaba convirtiéndose en astrónoma.
Siempre encontraba la estrella violeta.
Siempre intentaba salvar Lumen.
Y siempre fracasaba.
Los primeros diarios describían evacuaciones masivas. Otros contaban intentos de destruir la estrella. Uno relataba cómo el Consejo había prohibido mirar al cielo. Nada funcionaba. En cada ciclo, la ciudad acababa reducida a ruinas y alguien utilizaba la máquina temporal para reiniciar los acontecimientos.
Asha comprendió que ella también había sido recreada una y otra vez. No era inmortal. Cada reinicio reorganizaba pequeñas decisiones de la historia y, por razones desconocidas, terminaba naciendo una versión de ella.
En el último diario había una advertencia escrita con tinta roja.
«No intentes salvar la ciudad.»
Asha siguió leyendo.
En la página siguiente aparecía una frase todavía más extraña.
«Salva a la estrella.»
El ciclo escondido
El Consejo la encontró antes del amanecer. El magistrado principal admitió que conocía los diarios. Cada reinicio había dejado pequeños objetos fuera del flujo temporal. Los cuadernos eran uno de ellos.
Asha exigió conocer toda la verdad.
El magistrado explicó que la estrella no era una estrella. Era una inteligencia capaz de desplazarse entre sistemas solares. No se sabía si era una criatura, una máquina o algo que no encajaba en ninguna categoría conocida.
Cuando se acercó por primera vez a Lumen, la ciudad intentó comunicarse.
Después comenzaron las visiones.
En todas aparecía destrucción.
El Consejo interpretó aquello como una amenaza.
Construyó un arma astral.
—¿La utilizaron? —preguntó Asha.
—Sí.
—¿Y qué pasó?
El magistrado evitó responder.
Asha ya sospechaba la verdad.
—La destrucción ocurrió después de que dispararan.
El hombre cerró los ojos.
En cada ciclo sucedía lo mismo. La entidad enviaba imágenes. El Consejo se asustaba. Preparaba el arma. La ciudad era destruida durante el enfrentamiento. Después retrocedían el tiempo.
Asha señaló los diarios.
—Entonces sabemos qué no debemos hacer.
—No sabemos qué quiere esa cosa.
—Tampoco hemos esperado a averiguarlo.
El magistrado anunció que el arma ya estaba cargándose. El Consejo no pensaba correr riesgos.
Asha escapó de las catacumbas y volvió al astrolabio.
La estrella envió otra imagen.
Esta vez no era Lumen.
Era un mundo desconocido cubierto por océanos violetas.
En la orilla había estructuras destruidas.
Después apareció una segunda imagen: el arma astral de Lumen.
Asha comprendió.
La entidad no estaba mostrando lo que pensaba hacer.
Mostraba lo que había visto suceder en otros lugares.
Intentaba advertirlos.
Pero quedaba un problema.
El Consejo había decidido disparar al amanecer.
Y faltaban menos de tres horas.
Asha regresó por un instante a los diarios antes de abandonar la cámara. No buscaba una solución escrita, porque ninguna versión anterior de ella la había encontrado. Buscaba algo más importante: los errores repetidos. En casi todos los ciclos, el miedo había llevado a actuar antes de comprender. Esa observación le dio una idea. Si quería cambiar realmente el resultado, no bastaba con elegir una acción distinta; tenía que romper la lógica que había guiado a todos los Consejos anteriores y conseguir que la ciudad entera viera aquello que el poder llevaba siglos ocultando.