Los sueños mantenían paredes que nunca debieron existir — Parte 2

Relato de ficción original.

Elena despertó con un plano dibujado en la mano. Mostraba el palacio original: una construcción mucho más pequeña, estable sin energía onírica. Las ampliaciones imposibles habían sido añadidas por reyes posteriores.

Cada generación justificó nuevas alas por prestigio, seguridad o burocracia. La red de sueños creció para sostenerlas. Lo que empezó como medida excepcional terminó convertido en infraestructura permanente.

El rey aceptó revisar el sistema. Algunos nobles se opusieron porque cerrar sectores del palacio significaba trasladar oficinas y reducir espacios ceremoniales. Elena señaló que esa comodidad se financiaba con una extracción que nadie había consentido.

Se publicó información sobre las placas. Miles de ciudadanos exigieron retirarlas. Otros aceptaron continuar voluntariamente si existían límites claros. Por primera vez pudieron decidir.

Los arquitectos descubrieron que sueños ofrecidos conscientemente producían energía más estable que los captados sin permiso. Eso permitía mantener temporalmente zonas esenciales mientras desmontaban ampliaciones innecesarias.

La niña del sueño volvió a aparecer. Se llamaba Ana y vivía en un barrio cercano. Elena la encontró y comprobó que llevaba años sufriendo sueños fragmentados. Su familia tenía una de las placas más antiguas.

Al retirarla, Ana empezó a recordar historias que dibujaba de pequeña. No recuperó todo de inmediato, pero su imaginación dejó de sentirse vacía.

Elena diseñó refuerzos físicos para reemplazar la energía onírica. Algunas salas tendrían que cerrarse definitivamente porque nunca habían respetado geometría normal.

Tomás descubrió una cámara central donde se almacenaban sueños particularmente intensos. Pertenecían a artistas, inventores y niños seleccionados porque generaban imágenes complejas.

Elena comprendió que el sistema no solo había tomado energía. Durante siglos había drenado precisamente a personas con mayor capacidad creativa para construir un palacio cada vez más extraordinario.

Elena organizó una auditoría habitación por habitación. Descubrieron que casi un tercio del consumo sostenía salones utilizados solo unas pocas veces al año. Otra parte mantenía decoraciones que podían sustituirse con estructuras normales. El sistema había crecido porque era más sencillo añadir sueños que rediseñar espacios. La abundancia invisible de energía había eliminado cualquier incentivo para preguntarse qué necesitaba realmente el palacio.

Cuando los primeros sectores se cerraron, empleados y nobles protestaron por la pérdida de comodidad. Elena publicó planos mostrando cuántos hogares eran necesarios para sostener cada ala. Ver la relación entre una galería ceremonial y miles de noches ajenas cambió el debate. Las decisiones arquitectónicas dejaron de parecer cuestiones abstractas de patrimonio y comenzaron a evaluarse como elecciones con costes humanos concretos.

Ana participó en una audiencia y explicó que no podía demostrar qué parte de su dificultad creativa provenía de la placa, pero sí sabía que nunca había elegido participar. Esa distinción resultó decisiva. Incluso si el daño fuera menor de lo temido, el sistema seguía basándose en una ausencia de consentimiento que ningún beneficio estético podía borrar.

Los médicos realizaron un seguimiento voluntario de personas que retiraban las placas. Los resultados variaban, pero una parte recuperó sueños más vívidos y mejor descanso durante los meses siguientes. Otros no notaron cambios. Publicaron todo, incluidos los datos que no confirmaban las hipótesis iniciales. Elena insistió en que la reforma debía basarse en transparencia, no en exagerar daños para conseguir apoyo.

La apertura de información permitió que ciudadanos participaran en decidir qué partes del palacio merecían conservarse. Salones con gran valor histórico recibieron prioridad para refuerzos físicos; espacios puramente ostentosos fueron desmontados. La arquitectura dejó de ser asunto exclusivo de la corte y se convirtió en debate público sobre memoria, coste y uso.

Los nuevos refuerzos físicos no eran tan espectaculares como la magia onírica, pero tenían una ventaja fundamental: podían inspeccionarse, repararse y presupuestarse de forma transparente. Elena consideraba esa previsibilidad una forma de justicia arquitectónica.

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