El enemigo nunca había estado en el cielo — Parte 3

Relato de ficción original.

Asha corrió hacia el núcleo del observatorio mientras las torres de Lumen comenzaban a cerrar sus compuertas. La población no sabía qué ocurría. El Consejo había anunciado un ejercicio de seguridad para evitar el pánico. En realidad, el arma astral estaba a minutos de activarse.

Los guardias intentaron detenerla. Asha utilizó pasadizos que conocía desde niña y llegó hasta la plataforma central. El magistrado ya estaba allí.

Sobre ellos, enormes anillos metálicos giraban alrededor de una columna de luz.

—Si disparas, repetiremos el ciclo —dijo Asha.

—Si no disparo y te equivocas, no tendremos otro ciclo que repetir.

Asha entendía su miedo. Eso era precisamente lo que había alimentado la tragedia durante trescientos años. Cada Consejo había recibido los mismos datos y había tomado la misma decisión porque parecía prudente en ese instante.

Necesitaba demostrar la verdad sin pedir fe.

Entonces recordó los diarios.

Mostrar el pasado para cambiar el futuro

Cada reinicio temporal había dejado fragmentos de energía almacenados en el astrolabio. Asha conectó los cuadernos al sistema y reorientó el arma.

El magistrado creyó que pretendía apuntar a la ciudad.

No era así.

Asha utilizó la potencia para proyectar los recuerdos de los ciclos anteriores sobre el cielo de Lumen.

De repente, millones de personas vieron imágenes imposibles: la misma ciudad destruida de formas diferentes, los mismos consejeros discutiendo, distintas versiones de Asha corriendo por los corredores, armas disparando hacia la estrella y ondas de energía regresando sobre la capital.

No era una profecía.

Era historia.

El Consejo ya no podía ocultarla.

El magistrado canceló el disparo.

Durante varios minutos no ocurrió nada.

La estrella violeta permaneció inmóvil.

Después envió un último conjunto de imágenes.

Un planeta desconocido.

Una costa.

Una figura mirando hacia el cielo a través de un instrumento parecido a un telescopio.

Alguien, en algún lugar remoto, también observaba las estrellas.

La luz violeta comenzó a disminuir.

No hubo explosión.

No hubo ataque.

Simplemente se alejó.

El Consejo Celeste fue disuelto durante los meses siguientes. Los archivos de los ciclos se hicieron públicos y la ciudad inició una investigación sobre la tecnología temporal. La mayoría decidió que ningún grupo reducido debía volver a tener autoridad para reiniciar la historia de millones de personas.

Asha siguió trabajando como astrónoma.

Durante años buscó otra señal de la entidad. Nunca recibió una.

Pero cambió una regla fundamental del observatorio: ningún fenómeno desconocido sería clasificado como hostil únicamente porque resultara incomprensible.

Décadas después, Asha murió anciana en una casa desde la que todavía podía ver la cúpula del observatorio.

Esa misma noche apareció una pequeña luz violeta.

Los jóvenes astrónomos activaron el astrolabio.

Esta vez nadie cargó un arma.

La señal contenía dos palabras traducidas al idioma de Lumen.

«Gracias, Asha.»

Los científicos discutieron durante años quién las había enviado y cómo conocía su nombre.

Nadie encontró una explicación definitiva.

Pero la ciudad continuó existiendo.

Y por primera vez en trescientos años no hubo necesidad de regresar al pasado para conseguirlo.

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