Relato de ficción original.
El príncipe Ren despertó con la cara apoyada sobre la nieve y sin recordar cómo había llegado a las montañas del norte. Su caballo había desaparecido, la espada estaba partida y una herida superficial le cruzaba la mejilla. Lo más extraño era el objeto que apretaba entre los dedos: el sello de jade de la familia imperial, quebrado en dos y emitiendo una luz verde.
Un crujido detrás de él le hizo incorporarse. A pocos pasos había un zorro blanco de tamaño imposible. Nueve colas se movían lentamente sobre la nieve y en su frente brillaba una marca roja. Ren intentó alcanzar la mitad de su espada.
—Si quisiera matarte, ya lo habría hecho —dijo una voz dentro de su cabeza.
Ren se quedó inmóvil. Los relatos imperiales hablaban de zorros espirituales capaces de engañar a los viajeros y adoptar formas humanas. Desde niño le habían enseñado que eran enemigos del reino.
—¿Por qué me salvaste?
El animal miró el sello roto.
—Porque acabas de abrir una prisión.
El zorro se presentó como Yuki. El sello que Ren había llevado desde su coronación como heredero no era un simple símbolo. Contenía a un espíritu joven capturado doscientos años atrás: el hijo de Yuki. La energía encerrada en el jade alimentaba una parte de las barreras mágicas que protegían la capital.
Una historia escrita por los vencedores
Ren rechazó la acusación al principio. Los archivos oficiales aseguraban que los antiguos emperadores habían derrotado a criaturas que amenazaban las aldeas. Yuki le mostró otra versión mediante recuerdos compartidos: espíritus viviendo en las montañas, acuerdos con agricultores y templos construidos para mantener el equilibrio. Después aparecieron soldados imperiales utilizando sellos de jade para capturarlos.
El poder de aquellas criaturas se convirtió en una fuente de energía. Cuanto más crecía la ciudad, más sellos necesitaba.
Ren miró la pieza rota. Había sostenido aquel objeto durante ceremonias, reuniones diplomáticas y desfiles. Nunca imaginó que alguien estuviera encerrado dentro.
Un sonido de cuernos llegó desde el valle. Soldados imperiales avanzaban hacia ellos.
Yuki no se movió.
—Puedes regresar con tu gente.
—¿Y qué ocurrirá contigo?
—Intentarán matarme.
Ren tragó saliva.
—¿Y conmigo?
El zorro observó el sello.
Romper un artefacto imperial era traición. Si los soldados descubrían lo ocurrido, el propio príncipe sería acusado.
Ren pensó en su padre. El emperador siempre había hablado de deber, estabilidad y sacrificios necesarios. Quizá desconocía el verdadero origen de los sellos. Quizá no.
Yuki comenzó a alejarse.
—Espera.
El espíritu giró la cabeza.
Ren recogió las dos mitades del jade.
—Si tu hijo sigue dentro, quiero liberarlo.
Yuki lo estudió durante varios segundos.
—Entonces tendrás que volver al lugar del que estás huyendo.
El príncipe miró las luces lejanas del palacio. Nunca había temido regresar a casa. Aquella mañana, sin embargo, el hogar se había convertido en el lugar donde más preguntas lo esperaban.
Cuando los soldados llegaron al claro, solo encontraron huellas humanas junto a enormes marcas de patas que se perdían entre los árboles.