Relato de ficción original.
Ren pasó tres días escondido en las montañas con Yuki. Durante ese tiempo descubrió que los espíritus no formaban un ejército secreto ni planeaban conquistar el imperio. La mayoría simplemente evitaba a los humanos. Los más antiguos recordaban una época en la que aldeas y criaturas compartían los bosques sin necesidad de barreras.
Yuki explicó que cientos de espíritus seguían encerrados dentro de objetos imperiales: espadas ceremoniales, estatuas, campanas y sellos de jade. La magia extraída de ellos alimentaba las defensas de la capital y parte de la calefacción de los distritos altos.
Ren entendió que liberar a todos de golpe podía causar un desastre. También sabía que mantenerlos cautivos no era aceptable.
Decidió regresar al palacio en secreto.
Entraron por antiguos túneles de drenaje hasta llegar bajo el templo imperial. Allí descubrieron una cámara que Ren nunca había visto. Estanterías enteras contenían objetos de jade. Cada uno emitía un pulso distinto.
—¿Todos? —preguntó Ren.
Yuki asintió.
El príncipe sintió vergüenza.
La aliada inesperada
Una espada se apoyó contra su espalda.
Ren se giró y encontró a su hermana Mei.
Esperaba que gritara o llamara a los guardias. En cambio, ella cerró la puerta.
—Tardaste demasiado en descubrirlo.
Mei conocía la verdad desde hacía años. Había encontrado los registros cuando estudiaba las cuentas del templo. Intentó convencer a su padre de liberar a los espíritus progresivamente, pero el emperador se negó. Aseguraba que las barreras mantenían alejadas amenazas reales y que ningún gobernante responsable arriesgaría millones de vidas.
Los tres comenzaron a romper sellos cuidadosamente. De algunos salieron pequeñas luces. De otros, figuras que desaparecieron en las paredes. Cuando abrieron el sello de Ren, un diminuto zorro blanco apareció temblando.
Yuki se inclinó sobre él.
Por primera vez su voz mental se quebró.
—Hijo.
El reencuentro duró apenas segundos.
Las alarmas del palacio comenzaron a sonar.
El emperador apareció acompañado de guardias. No parecía enfadado. Parecía aterrorizado.
—¿Qué habéis hecho?
Ren levantó el sello vacío.
—Terminar con algo que nunca debió empezar.
Su padre señaló el cielo.
La barrera sobre la ciudad parpadeó y desapareció.
Más allá de las montañas surgió una sombra gigantesca. Primero parecía una nube. Después desplegó alas hechas de hielo y niebla.
Incluso Yuki retrocedió.
El emperador dio una orden desesperada para preparar el ejército.
Ren preguntó qué era aquella criatura.
Su padre respondió con una frase que cambió el significado de todo.
—La razón por la que comenzamos a encerrar espíritus.
Mei lo miró incrédula.
—¿Capturasteis cientos de seres para detener a uno?
El emperador apretó los labios.
—Hice lo que hicieron todos antes que yo. Protegí el reino.
La sombra se acercó y su tamaño cubrió la luna.
Yuki observó a Ren.
—No dispares todavía.
—¿Por qué?
El espíritu entornó los ojos.
—Porque no viene mirando la ciudad.
Ren siguió la dirección de su mirada.
La criatura miraba directamente la cámara de los sellos.
Ren recordó entonces varias historias de su infancia en las que aquel mismo ser aparecía descrito como una bestia obsesionada con penetrar en el palacio. Nadie mencionaba que todos sus intentos coincidían con periodos en los que aumentaba el número de sellos. La versión oficial siempre había interpretado los hechos desde un único punto de vista. Por primera vez, Ren contempló la posibilidad de que incluso los acontecimientos que creía conocer hubieran sido correctamente registrados pero completamente mal explicados.