Relato de ficción original.
Cuando Naira descendió de la torre junto a Azhar, el palacio ya estaba en caos. Guardias corrían hacia las murallas, criados cerraban ventanas y los músicos de la fiesta habían abandonado sus instrumentos en mitad del patio. Por encima de los tejados, la tormenta de arena se retorcía como una criatura viva. Naira no necesitó preguntar dónde estaba Malik. Podía sentir su presencia en cada vibración del suelo.
Azhar explicó que su hermano no siempre había sido enemigo suyo. Ambos habían protegido durante siglos los límites entre el mundo humano y el mundo de los djinn. El conflicto comenzó cuando los primeros gobernantes de la ciudad descubrieron una energía desconocida bajo el desierto. La utilizaron para levantar fuentes, alimentar barreras mágicas y convertir una pequeña fortaleza en la capital más poderosa de la región.
Malik pidió que dejaran de extraerla. Aseguraba que aquella energía no era un recurso, sino una parte de algo mucho más peligroso. Los reyes se negaron. Azhar, convencido de que su hermano exageraba, intentó detenerlo cuando Malik atacó los conductos subterráneos. La lucha entre ambos debilitó a los dos y permitió que el rey los encerrara.
Naira escuchaba en silencio mientras avanzaban por los corredores. Cada nueva frase transformaba una leyenda heroica en una historia mucho más incómoda.
En el patio principal encontraron al rey Samir. No pareció sorprendido al ver a Azhar. Eso confirmó lo que Naira temía.
—Lo sabías —dijo ella.
Su padre cerró los ojos un instante.
—Sabía lo suficiente para mantenerte lejos de esa torre.
—Eso no responde nada.
El rey ordenó a los guardias rodear a Azhar, pero el djinn levantó una mano y todas las armas cayeron al suelo. No lastimó a nadie. Samir observó la escena con una mezcla de miedo y resignación.
El secreto de la familia real
Finalmente admitió que la corte había continuado utilizando la energía subterránea. Cada generación prometía reducir la extracción, pero la ciudad dependía cada vez más de ella. Las barreras, las fuentes, los canales y parte del comercio funcionaban gracias a aquel poder. Renunciar significaba perder buena parte de la prosperidad del reino.
—¿Y la prisión de Malik? —preguntó Naira.
El rey bajó la mirada.
La extracción había debilitado su sello durante décadas. Naira no lo había liberado al tocar la lámpara. Malik habría despertado tarde o temprano.
Una explosión sacudió el palacio. Parte de la muralla exterior se derrumbó bajo una ola de arena. Azhar dijo que aún podían detener la catástrofe si devolvían la energía al lugar del que procedía. El rey se opuso de inmediato.
—Sin ella quedaremos indefensos.
—Quizá —respondió Naira—. Pero esto está ocurriendo porque llevamos cien años robando algo que no nos pertenece.
Samir le recordó que miles de empleos, hogares y sistemas de agua dependían de la magia. Naira entendía el peligro. También entendía que mantener una injusticia porque se había vuelto conveniente no la convertía en correcta.
Azhar los condujo a través de una entrada oculta bajo el salón del trono. Descendieron por escaleras antiguas hasta una cámara de piedra. En el centro flotaba un enorme cristal azul atravesado por líneas de luz. Naira sintió inmediatamente que aquello no se parecía a una fuente.
El cristal parecía una puerta cerrada.
En sus bordes había inscripciones mucho más antiguas que la propia ciudad. Azhar limpió el polvo y comenzó a leer. Su rostro perdió el color.
—¿Qué dice? —preguntó Naira.
El djinn no respondió.
Un golpe resonó desde el otro lado del cristal.
El rey retrocedió.
Un segundo impacto abrió una pequeña grieta negra.
Azhar miró a Malik, cuya forma de arena apareció en la entrada de la cámara. El hermano no atacó. Solo señaló la grieta.
—Por eso intenté destruir los conductos —dijo Malik.
Naira sintió un frío imposible en mitad del desierto.
Azhar terminó de leer la inscripción.
—No es una fuente de energía —murmuró—. Nunca lo fue.
—Entonces, ¿qué es?
Azhar levantó la vista hacia la oscuridad que crecía detrás del cristal.
—Una cerradura.
Desde el otro lado, algo gigantesco volvió a golpear.