Relato de ficción original.
El tercer golpe partió una esquina del cristal y apagó todas las luces de la cámara. Naira escuchó el sonido de la arena moviéndose, la respiración agitada de su padre y un murmullo profundo procedente de la grieta. No parecía una voz, pero transmitía una sensación inequívoca: algo llevaba mucho tiempo esperando.
Malik adoptó por primera vez una forma casi humana. Su cuerpo seguía rodeado de arena, aunque su rostro mostraba cansancio en lugar de furia. Explicó que siglos atrás los djinn habían construido aquella barrera para mantener separado el mundo humano de una región donde existían criaturas capaces de alimentarse de magia. Los primeros reyes encontraron la estructura y, sin comprenderla, comenzaron a perforarla.
La energía que salía por las pequeñas fisuras parecía inagotable. Era fácil capturarla, utilizarla y convertirla en prosperidad. Pero cuanto más extraían, más débil se hacía la barrera.
Malik había intentado destruir los conductos para cerrar las fisuras. Azhar creyó que quería atacar a la ciudad. Su enfrentamiento permitió que el rey capturara a ambos y utilizara parte de su poder para reforzar temporalmente el sistema.
Azhar miró a su hermano durante varios segundos.
—Te condené por intentar detener esto.
Malik respondió sin rencor.
—Y yo intenté salvar la ciudad destruyendo parte de ella. Ninguno de los dos eligió bien.
Naira comprendió que la solución no podía ser repetir cualquiera de aquellos errores. Romper el cristal liberaría lo que estaba detrás. Mantener la extracción terminaría haciendo lo mismo. Necesitaban cerrar la barrera desde el lado humano.
El precio de reparar una deuda
Las inscripciones explicaban el procedimiento. Hacían falta dos fuentes de magia djinn y una persona descendiente de quienes habían abierto las primeras grietas. Azhar y Malik colocaron las manos sobre el cristal. Naira debía completar el vínculo.
El rey Samir se interpuso.
—No sabes lo que puede hacerte.
—Tú tampoco sabías lo que haría seguir utilizando esta energía —respondió ella.
Samir no tuvo una respuesta.
Naira apoyó la palma sobre la superficie azul.
La magia atravesó su cuerpo. Durante unos instantes dejó de ver la cámara y observó recuerdos que no le pertenecían: trabajadores excavando bajo el desierto, un rey celebrando el primer chorro de energía, Malik rogando que detuvieran las extracciones, Azhar defendiendo a humanos que luego participarían en su captura. También vio generaciones de gobernantes convencidos de que el problema podía dejarse para sus hijos.
Comprendió que esa había sido la verdadera maldición. No un hechizo. La costumbre de aplazar una responsabilidad porque asumirla resultaba incómodo.
El cristal comenzó a reconstruirse. Las grietas negras desaparecieron lentamente. Desde el otro lado llegó un último golpe y después silencio.
Al mismo tiempo, toda la magia artificial de la ciudad se apagó.
Las fuentes dejaron de brotar. Las barreras desaparecieron. Los faroles encantados se extinguieron.
Durante unos segundos, la capital quedó sumida en una oscuridad absoluta.
Entonces una mujer encendió una lámpara en una ventana. Después otra persona hizo lo mismo. Los comerciantes prendieron antorchas. Los guardias utilizaron fuego común. Poco a poco miles de luces humanas llenaron nuevamente las calles.
Naira contempló la ciudad desde la terraza al amanecer.
No parecía tan poderosa.
Pero seguía viva.
Samir anunció su abdicación semanas después. Naira hizo públicos los archivos de la familia real y explicó el origen de la prosperidad del reino. Rechazó convertirse en monarca absoluta y aceptó dirigir una transición hacia un consejo formado por representantes de las distintas ciudades.
Malik regresó a su mundo una vez reparada la barrera.
Azhar decidió quedarse durante un tiempo.
Meses después, Naira volvió a la torre oriental. La vieja lámpara seguía sobre el pedestal, ahora completamente vacía.
Azhar apareció detrás de ella.
—¿La conservarás?
—Sí.
—¿Como símbolo de nuestra amistad?
Naira sonrió.
—Como recordatorio de que cuando una familia insiste demasiado en que no abras una puerta, probablemente deberías preguntar qué hay detrás.
Azhar rió.
Afuera, el desierto brillaba bajo el sol. Por primera vez en un siglo no había criaturas prisioneras bajo la ciudad, ni un secreto alimentando sus palacios.
Naira sabía que reconstruir el reino sería difícil. Tendrían que reemplazar sistemas enteros, aceptar años de menor riqueza y aprender a vivir sin una magia que habían dado por sentada.
Pero esa mañana, mientras las primeras caravanas cruzaban las puertas sin ninguna barrera mágica sobre ellas, Naira sintió algo que jamás había sentido dentro del palacio.
El futuro ya no pertenecía a un secreto.