Relato de ficción original.
Amara Voss no temía a las tormentas. Había cruzado mares donde las olas parecían montañas, sobrevivido a motines y escapado de corsarios que llevaban años siguiéndole el rastro. Sin embargo, había algo que siempre la inquietaba más que cualquier temporal: el silencio absoluto en alta mar.
Aquella noche el océano dejó de moverse. Las velas cayeron, las cuerdas dejaron de crujir y hasta las gaviotas desaparecieron. El barco de Amara quedó suspendido sobre una superficie lisa como un espejo bajo una luna blanca. La tripulación hablaba en voz baja, como si temiera despertar algo.
Amara regresó a su camarote para revisar las cartas náuticas. Entonces alguien llamó a la puerta tres veces. Era un ritmo que conocía desde niña. Su padre lo utilizaba cuando quería avisarla sin asustarla.
Pero Elias Voss llevaba veinte años muerto.
Amara sacó la pistola y ordenó entrar. La puerta se abrió. Frente a ella apareció un hombre de cabello gris, abrigo empapado y piel casi transparente. Podía ver la madera del camarote a través de su cuerpo.
—No dispares —dijo él—. No serviría de nada.
Amara no bajó el arma. Reconocía aquella voz.
—Mi padre murió cuando yo tenía nueve años.
—Sí.
El espectro dejó sobre la mesa un mapa amarillento. Las líneas se movían como si estuvieran dibujadas con agua.
La expedición que nadie contó completa
Elias explicó que su último viaje no había sido una misión comercial. Buscaba una isla que solo aparecía durante tormentas extraordinarias. En el centro de esa isla existía una campana capaz, según la leyenda, de llamar a cualquier persona perdida en el mar. Elias había querido encontrar a Mara, esposa suya y madre de Amara, desaparecida años antes en un naufragio.
Encontró la isla. Encontró la campana. Y la hizo sonar.
Pero la leyenda era falsa. La campana no llamaba a los desaparecidos. Llamaba a los muertos.
El sonido atravesó el fondo del océano y despertó barcos hundidos durante siglos. Barcos mercantes, navíos de guerra, pequeñas embarcaciones y flotas enteras regresaron envueltas en una luz verdosa. Elias consiguió escapar de la isla, pero quedó unido a la maldición.
Amara quiso saber por qué aparecía justamente ahora.
Elias señaló el mapa.
—Porque la flota está despierta otra vez.
Amara miró por la ventana. En el horizonte había aparecido una luz verde. Después otra. Y otra. En pocos segundos decenas de puntos brillaban entre la niebla. Comenzaron a distinguirse mástiles rotos y velas desgarradas.
El silencio terminó.
Un cañonazo retumbó en la noche.
El primer proyectil atravesó el costado del barco como una sombra y se volvió sólido al chocar contra una caja de suministros. La tripulación gritó. Amara corrió a cubierta y ordenó preparar las velas, aunque no había viento.
Elias apareció junto al timón.
—La única forma de devolverlos es hacer sonar la campana otra vez.
Amara se volvió hacia él.
—¿Y dónde está la isla?
El fantasma señaló el mapa. Una mancha oscura había aparecido en el centro. Junto a ella estaba dibujado el barco de Amara.
Debajo había una fecha.
La del día siguiente.
Amara sintió que el frío del mar entraba en sus huesos.
—¿Qué significa?
Elias evitó mirarla.
—Que según la maldición, mañana tu barco también pertenecerá a la flota.
Otro cañonazo iluminó la niebla. Esta vez un mástil explotó en astillas.
Amara agarró el timón.
—Entonces tenemos una noche para encontrar esa isla.
Por primera vez el espectro de su padre sonrió.
—Exactamente como esperaba que dijeras.
El viento regresó de golpe. Las velas se inflaron. El barco salió disparado hacia la oscuridad mientras, detrás, cientos de luces verdes comenzaban a seguirlo.