La isla solo aparecía cuando alguien estaba a punto de morir — Parte 2

Relato de ficción original.

El barco de Amara navegó durante horas perseguido por una flota que no debería existir. Cada relámpago revelaba siluetas distintas: galeones partidos por la mitad, fragatas cubiertas de algas, barcos tan antiguos que nadie a bordo reconocía su diseño. Algunos llevaban tripulaciones de sombras. Otros parecían navegar solos.

Los proyectiles espectrales eran impredecibles. Atravesaban la madera sin dejar marca y, un instante después, se volvían sólidos al tocar un cuerpo o un objeto. Amara prohibió responder al fuego. Desperdiciar munición contra muertos no tenía sentido. Toda su estrategia consistía en mantener distancia hasta encontrar la isla.

Elias permanecía junto a ella. Solo Amara podía verlo con claridad, aunque algunos marineros afirmaban sentir una presencia fría cerca del timón.

—La isla aparecerá antes del amanecer —dijo el fantasma.

—¿Cómo puedes estar seguro?

—Porque siempre aparece cerca de alguien condenado.

Amara lo miró.

—¿Yo?

Su padre guardó silencio.

Minutos después comenzó una tormenta. No llegó desde el horizonte; se formó alrededor del barco. El cielo se cerró, el viento giró y enormes olas levantaron la nave. En medio de aquella oscuridad apareció una costa donde antes solo había mar.

La torre de los nombres

Amara desembarcó con seis personas de confianza. La playa estaba cubierta de restos de barcos de épocas diferentes. Subieron por un sendero de piedra hasta encontrar una torre negra.

En la sala principal colgaba una campana enorme. Su superficie estaba cubierta de miles de nombres grabados. Algunos pertenecían a marineros famosos. Otros eran anónimos. Amara caminó alrededor de ella hasta encontrar dos inscripciones que conocía.

Mara Voss.

Y debajo:

Amara Voss.

Se volvió hacia su padre.

—Lo sabías.

Elias asintió.

La campana exigía una vida cada vez que alguien la hacía sonar. Cuando Elias intentó llamar a su esposa, la maldición eligió como pago a la persona viva que más amaba: su hija. Desde entonces había buscado la forma de impedir que la deuda se cobrara.

Amara sintió una mezcla de rabia y tristeza.

—¿Durante veinte años sabías que esto terminaría conmigo?

—Durante veinte años busqué una alternativa.

La había encontrado, pero era terrible. El nombre marcado podía sustituirse por otro. Bastaba grabar el nombre de una persona viva y hacer sonar la campana.

Amara miró a los seis miembros de su tripulación.

—No.

—Ni siquiera he dicho…

—No.

El estruendo de la flota acercándose retumbó en las paredes.

Amara agarró la cuerda de la campana. Elias le explicó la otra posibilidad. Si la persona marcada hacía sonar la campana voluntariamente sin ofrecer sustituto, la flota regresaría al fondo, pero la deuda se cobraría inmediatamente.

Amara entendió.

Moriría.

Sus marineros intentaron detenerla. Ella les ordenó regresar al barco.

—Capitana…

—Eso es una orden.

Cuando quedó sola con Elias, Amara respiró profundamente y tiró de la cuerda.

El sonido no fue fuerte. Fue profundo. Parecía atravesar la piedra, el agua y los huesos.

Fuera, todos los barcos fantasmas se detuvieron.

Amara cerró los ojos esperando la muerte.

No ocurrió.

En cambio, Elias comenzó a desvanecerse.

—¿Qué has hecho? —preguntó ella.

Su padre sonrió con tristeza.

La inscripción de la campana cambió.

El nombre de Amara desapareció.

En su lugar apareció Elias Voss.

—No era necesario que lo hicieras —dijo Amara.

—Sí lo era. La primera vez elegí intentar recuperar a alguien sin pensar en quién podía perder. Esta vez quería elegir mejor.

El cuerpo del fantasma se convirtió en pequeñas partículas de luz.

Amara intentó sujetarlo, pero sus manos lo atravesaron.

Antes de desaparecer por completo, Elias pronunció una última frase.

—Busca a tu madre.

Amara dejó de respirar.

—¿Está viva?

El rostro de Elias se desdibujó.

—Nunca murió.

El fantasma desapareció.

Fuera, la flota comenzó a hundirse.

Todos los barcos menos uno.

Un navío negro permaneció inmóvil frente a la isla. En su casco podía leerse un número pintado en blanco.

Trece.

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