La lámpara que llevaba cien años esperando su nombre — Parte 1

Relato de ficción original.

Durante toda su infancia, la princesa Naira escuchó una única prohibición que nadie se atrevía a explicar: jamás debía entrar en la torre oriental del palacio. Las niñeras cambiaban de tema cuando preguntaba. Los guardias bajaban la mirada. Su padre, el rey Samir, solo repetía que algunas puertas permanecían cerradas por una razón. Al cumplir veinticuatro años, Naira dejó de aceptar aquella respuesta.

Su cumpleaños coincidió con la Fiesta de las Mil Luces, una noche en la que la capital se llenaba de música, mercados y faroles que flotaban sobre los tejados. Mientras todos miraban al cielo, Naira abandonó discretamente el salón del trono y cruzó un corredor que llevaba años clausurado. La puerta de la torre se abrió con sorprendente facilidad. Al otro lado encontró una escalera cubierta por una fina capa de arena, aunque fuera no soplaba viento.

Subió hasta una habitación circular. No había tesoros, armas ni documentos secretos. Solo una pequeña lámpara azul colocada sobre un pedestal de piedra. El metal estaba cubierto de símbolos que parecían moverse cuando la luz de la luna caía sobre ellos. Naira acercó la mano. En cuanto sus dedos tocaron la lámpara, las puertas se cerraron y un torbellino de arena dorada surgió del suelo.

Una voz pronunció su nombre completo: «Naira Al-Sahir». La princesa retrocedió. Frente a la ventana comenzó a formarse una figura enorme, hecha de humo oscuro y destellos dorados. Tenía rasgos humanos, pero su cuerpo se deshacía constantemente como una tormenta. Dos ojos brillantes se clavaron en ella.

—¿Quién eres? —preguntó Naira, intentando que su voz no temblara.

—El hombre al que tu familia condenó hace cien años —respondió la criatura.

La versión que nunca apareció en los libros

El ser se presentó como Azhar. Naira conocía ese nombre. En los relatos oficiales era un djinn ambicioso que había intentado apoderarse del reino hasta que un antepasado suyo lo derrotó y encerró. Azhar, sin embargo, contó una historia diferente. Un siglo atrás había protegido la ciudad de un ejército que pretendía atravesar el desierto. Levantó tormentas, ocultó los caminos y salvó miles de vidas. El rey de aquella época agradeció su ayuda, pero comenzó a temer a una criatura con semejante poder.

Cuando la guerra terminó, el monarca invitó a Azhar al palacio. Allí utilizó un ritual para atraparlo dentro de la lámpara. Después reescribió la historia y se presentó como el héroe que había vencido a un monstruo. Azhar no pidió a Naira que creyera inmediatamente. Le mostró recuerdos en el aire: soldados refugiándose detrás de muros de arena, familias huyendo mientras él protegía las puertas y, finalmente, el antiguo rey sosteniendo la misma lámpara.

Naira sintió que todo lo que conocía sobre su familia comenzaba a agrietarse. Preguntó por qué podía verlo ahora. Azhar señaló la lámpara. Su prisión solo podía abrirse cuando un descendiente directo del rey que lo había encerrado cumpliera veinticuatro años y tocara el objeto voluntariamente. La familia real había ocultado la torre durante generaciones para evitar precisamente ese momento.

—Entonces, si la lámpara se abrió, ¿eres libre? —preguntó.

Azhar miró hacia la ciudad y su expresión cambió.

—Todavía no.

Las luces de varios barrios comenzaron a apagarse una tras otra. Al principio Naira creyó que era parte de la celebración. Después las campanas de alarma empezaron a sonar. Desde las afueras de las murallas se levantó una columna gigantesca de arena negra.

Azhar explicó que su prisión estaba conectada a un segundo sello. El antiguo rey no había atrapado a un único djinn. Había utilizado la misma magia para encerrar también a Malik, hermano de Azhar. Los dos habían luchado entre sí poco antes de ser capturados, y la familia real había aprovechado su debilidad.

Naira corrió hasta el balcón. La tormenta crecía a una velocidad imposible. En su interior aparecieron por un instante dos ojos rojos.

—¿Tu hermano quiere vengarse de la ciudad?

Azhar no respondió enseguida. Ese silencio fue peor que cualquier explicación.

—Mi hermano no odia a la gente de esta ciudad —dijo finalmente—. Odia lo que hay debajo de ella.

Naira quiso preguntar qué significaba aquello, pero un rugido hizo vibrar los cristales. Una figura de arena se elevó sobre las murallas. La celebración terminó de golpe. Miles de personas comenzaron a correr.

Azhar extendió una mano hacia la princesa.

—Si quieres saber qué escondió realmente tu familia, ven conmigo. Pero después de esta noche puede que ya no quieras volver a llevar su corona.

Naira observó la ciudad, la lámpara y la criatura que durante toda su vida le habían enseñado a llamar monstruo. Después tomó su mano.

Abajo, la tormenta atravesó la primera muralla.

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