Relato de ficción original.
Nerea era arqueóloga y desconfiaba de las leyendas que explicaban demasiado. Prefería piedras, fechas y objetos que pudieran medirse. Por eso, cuando un agricultor le habló de una puerta que «respiraba» bajo una colina, pensó en una cámara funeraria mal ventilada. Sin embargo, las excavaciones revelaron un arco de piedra negra sin muro alrededor, enterrado a seis metros de profundidad.
El arco no tenía bisagras ni panel visible. En la parte superior aparecía una inscripción en una lengua desaparecida: «Solo recuerda quien acepta ser recordado». Nerea reconoció algunos símbolos de manuscritos medievales, pero ninguno mencionaba un reino asociado. Cuando tocó la piedra, el centro del arco se volvió transparente y mostró un valle iluminado por un cielo color cobre.
Su equipo quiso cerrar la excavación hasta recibir autorización. Nerea estuvo de acuerdo. Esa noche, sin embargo, escuchó una voz desde el campamento. No pedía ayuda. Repetía su nombre con la pronunciación que usaba su abuela, fallecida hacía años. Nerea regresó al arco acompañada por dos colegas y encontró una figura al otro lado. Era una niña sosteniendo una lámpara.
La niña dijo llamarse Lira y preguntó si finalmente habían recordado el reino de Eren. Nerea no conocía ese nombre. Lira explicó que Eren había sido separado del mundo exterior siglos atrás durante una guerra. Sus habitantes esperaban que la puerta volviera a abrirse cuando alguien encontrara la inscripción. El problema era que ellos ya no podían cruzar sin una invitación desde este lado.
Nerea se negó a invitar a nadie sin saber qué riesgos existían. En lugar de ofenderse, Lira aceptó. Le entregó a través del umbral un pequeño disco de arcilla. El objeto llevaba un mapa donde aparecían ciudades conocidas junto a Eren, ubicado en una región que los mapas actuales mostraban como montañas inhabitables. Si era auténtico, demostraba que un reino entero había desaparecido no solo físicamente, sino también de los registros.
Los análisis fecharon el disco en más de ochocientos años. Nerea buscó archivos y encontró referencias indirectas: impuestos cobrados a pueblos que no figuraban en mapas, canciones sobre una «séptima corona» y tratados con una potencia cuyo nombre había sido raspado. Eren no era una leyenda. Alguien había trabajado sistemáticamente para borrar su existencia.
El gobierno envió especialistas y estableció seguridad alrededor de la excavación. Una funcionaria llamada Soraya pidió mantener el hallazgo en secreto hasta comprender las consecuencias. Nerea aceptó temporalmente, pero exigió que toda investigación quedara documentada. No quería repetir exactamente el mecanismo que parecía haber eliminado a Eren de la historia.
Al tercer día, la puerta comenzó a cerrarse. Lira apareció desesperada. Explicó que el reino sufría un fenómeno llamado la Quietud: cada generación recordaba menos del mundo exterior y sus propios límites se encogían. Si la puerta se cerraba otra vez, quizá Eren desaparecería incluso para sus habitantes. Nerea pidió hablar con alguien responsable.
Un hombre anciano llegó al umbral y se presentó como custodio. Dijo que no necesitaban un ejército ni riquezas, solo testigos. Para mantener abierta la conexión, una persona del exterior debía cruzar voluntariamente y reconocer a Eren como un lugar real. Nerea miró a su equipo. La científica que siempre había exigido pruebas estaba frente a una puerta imposible. Tomó una cámara, un cuaderno y dio un paso hacia el reino que ningún mapa recordaba.