El reino olvidado la estaba esperando — Parte 2

Relato de ficción original.

Al cruzar, Nerea sintió que el aire tenía un peso distinto. El valle de Eren era real: campos cultivados, pueblos, caminos y una ciudad amurallada alrededor de un lago. No parecía un reino detenido en el tiempo. Sus habitantes habían desarrollado herramientas, música y formas de gobierno propias. El aislamiento no los había congelado; simplemente los había apartado de la historia exterior.

El custodio se llamaba Darel. Llevó a Nerea al Archivo de las Voces, una biblioteca donde los documentos se copiaban cada generación porque el papel se degradaba con rapidez. Allí encontró la explicación del borrado. Ocho siglos antes, Eren estaba situado entre dos imperios en guerra. Ambos querían controlar un mineral raro bajo sus montañas. Después de décadas de invasiones, los gobernantes de Eren aceptaron un ritual para retirar el reino del mundo compartido.

El ritual tenía un precio. Para impedir que los imperios encontraran el camino, no bastaba con ocultar la geografía. Debían debilitarse también los recuerdos, mapas y documentos del exterior. Los magos de Eren no podían borrar mentes directamente, pero sí hacer que las referencias fueran olvidadas, archivadas mal o consideradas errores. Con el tiempo, el reino desapareció de la historia.

Nerea preguntó por qué querían regresar si el aislamiento los había protegido. Darel mostró zonas donde el paisaje se desvanecía en niebla. La magia no distinguía entre ser olvidado por otros y olvidarse a uno mismo. Cada siglo, Eren perdía pequeños fragmentos: primero caminos antiguos, luego nombres de familias, después pueblos enteros que nadie podía recordar con claridad. La protección se había convertido en erosión.

Lira llevó a Nerea a una casa vacía en las afueras. Según ella, allí había vivido su hermano mayor. Nadie más recordaba que Lira hubiera tenido un hermano. Solo conservaba una canción que él le enseñó. Nerea grabó la melodía y, al reproducirla, una fotografía descolorida apareció lentamente en una pared antes vacía. Ser testigo desde el exterior parecía fortalecer los recuerdos internos.

En el campamento exterior, Soraya recibió las primeras imágenes y pidió a Nerea que regresara. Algunos funcionarios temían que reconocer públicamente Eren pudiera desencadenar reclamaciones territoriales, conflictos sobre recursos y movimientos de población. Nerea comprendía esos riesgos. Pero también veía cómo convertir la prudencia en silencio podía repetir el problema.

Propuso una apertura gradual: primero reconocimiento cultural y científico, después negociaciones legales. Eren mantendría control sobre quién cruzaba y ningún gobierno podría reclamar automáticamente sus recursos. Darel aceptó, pero otros miembros del consejo del reino se opusieron. Habían crecido escuchando historias sobre la violencia exterior y temían que volver significara atraer de nuevo a quienes sus antepasados habían intentado evitar.

La discusión se volvió más urgente cuando la puerta empezó a expandirse por sí sola. El ritual estaba fallando y ya no respondía completamente a los custodios. Si colapsaba, Eren podría quedar unido de golpe al territorio moderno, sin acuerdos ni preparación. Darel explicó que existía un mecanismo final bajo el lago: podía estabilizar la puerta o cerrarla para siempre.

Nerea descendió con Lira y encontró una cámara con dos palancas de piedra. Una llevaba el símbolo de una puerta abierta; la otra, un círculo cerrado. Pero entre ambas había un tercer espacio vacío donde alguien había retirado una pieza. En una inscripción se leía: «Ningún reino debe elegir entre desaparecer o ser conquistado». Nerea comprendió que los fundadores habían previsto una tercera posibilidad. La pieza faltante estaba, probablemente, en el mundo exterior.

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