Relato de ficción original.
Mara cruzó a Ilyon con la fotografía en el bolsillo. Soren reconoció a la mujer de inmediato: se llamaba Ada Veyr y había dirigido el primer proyecto de navegación entre mundos veinte años atrás. El proyecto fue clausurado después de un accidente que supuestamente destruyó el laboratorio. Sin embargo, Soren encontró registros incompletos donde aparecía una niña rescatada de la zona. La ficha no incluía nombre, solo una moneda idéntica a la de Mara.
Visitaron las ruinas del laboratorio. Bajo una capa de hormigón encontraron una sala intacta con doce puertas dispuestas en círculo. Cada marco tenía grabado el mismo símbolo. Cuando Mara entró, todas se iluminaron. Escuchó voces llamándola desde mundos distintos y comprendió que no eran recuerdos ajenos. Eran fragmentos de experiencias que su mente había aprendido a separar para poder vivir.
Ada apareció mediante una grabación proyectada en el centro. Explicó que la niña no había nacido en ninguno de los doce mundos estudiados. Había llegado durante una convergencia, un instante en el que varias realidades se superpusieron. Ada la adoptó y trató de cerrar las puertas, pero el experimento dividió la conexión de la niña entre múltiples líneas de vida. Desde entonces, cada mundo había generado una versión parcial de Mara para estabilizarse.
Las desapariciones no eran muertes. Cuando una versión llegaba al final de su función, sus recuerdos regresaban lentamente a la Mara que conservaba la moneda original. Por eso las personas de cada mundo la reconocían de manera distinta. Todas recordaban una parte auténtica de ella, aunque ninguna poseía el conjunto completo. Mara sintió vértigo al imaginar cuántas vidas había vivido sin saberlo.
Soren quiso detener el proceso antes de la siguiente convergencia. Los estudiosos propusieron destruir la moneda, pero Ada había dejado una advertencia: romper el ancla podía cerrar las puertas para siempre y dejar atrapados los recuerdos entre mundos. Mara se negó a decidir con miedo. Viajó a tres realidades más para conocer a las personas vinculadas con sus otras versiones. Descubrió amistades, errores, amores no correspondidos y decisiones que no reconocía como propias, pero que tampoco podía considerar falsas.
En un mundo costero conoció a una anciana que había sido su profesora. La mujer no intentó convencerla de que sustituyera a la Mara desaparecida. Le dijo que una persona no se convierte en otra solo porque comparta recuerdos. Aquella frase alivió algo que Mara llevaba semanas arrastrando. No estaba obligada a vivir las vidas incompletas de sus versiones. Podía conservar lo que aprendía sin apropiarse de sus lugares.
La convergencia comenzó antes de lo previsto. Calles de distintas ciudades aparecieron superpuestas sobre Ilyon. Edificios cambiaban de forma al parpadear y personas veían durante segundos a sus equivalentes. Soren explicó que el sistema buscaba una realidad principal donde reunir la conexión. Si Mara no elegía, la decisión se produciría al azar y varios mundos podían quedar unidos de manera inestable.
Entre las puertas apareció una decimotercera ruta. Detrás había una ciudad tranquila junto a un mar gris. Mara no la reconoció de ninguno de sus sueños. Sin embargo, la moneda se calentó al acercarse. Ada había mencionado un mundo de origen que quedó fuera del experimento, una realidad donde la convergencia comenzó. Aquella puerta podía llevarla a la verdad que buscaba, pero cruzarla quizá significaría abandonar para siempre la vida que conocía.
Mara miró a Soren y luego las doce puertas. Durante meses había perseguido respuestas pensando que encontrar su origen resolvería quién era. Ahora sabía que ningún mundo podía darle una identidad completa. Aun así, necesitaba detener la convergencia. Tomó la moneda, caminó hacia la puerta número trece y pidió a Soren que no la siguiera. Cuando cruzó, alguien la esperaba al otro lado. Era Ada, envejecida, viva y completamente consciente de quién era ella.