La viajera de los mundos — Parte 1

Relato de ficción original.

Mara llevaba años soñando con ciudades que no existían. En una había dos lunas; en otra, los trenes flotaban sobre ríos de luz; en una tercera, su casa estaba en medio de un bosque donde nunca había vivido. Siempre despertaba con la impresión de haber regresado de un viaje real. Guardaba los detalles en cuadernos porque, con el tiempo, algunos sueños comenzaron a repetirse con demasiada precisión para ser simples invenciones.

Todo cambió la noche en que encontró una puerta azul en el sótano de su edificio. La pared donde aparecía llevaba décadas cerrada y no había espacio para una habitación detrás. Mara tocó el picaporte y sintió el mismo olor a lluvia que recordaba de uno de sus sueños. Al abrir, vio una avenida bajo dos lunas violetas. Dio un paso y la puerta se cerró a su espalda.

La ciudad se llamaba Ilyon. Nadie pareció sorprendido por su ropa ni por su acento, pero una mujer en un puesto de flores dejó caer un ramo al verla. La llamó «Mara de la estación norte» y le preguntó cómo había sobrevivido al incendio. Mara respondió que nunca había estado allí. La mujer se persignó y explicó que otra Mara había desaparecido cinco años atrás durante un accidente ferroviario.

Antes de que pudiera hacer más preguntas, un hombre llamado Soren llegó corriendo. En aquel mundo había sido su amigo de infancia. Conocía secretos que la Mara visitante jamás había contado a nadie, aunque algunos detalles eran distintos: en Ilyon, su padre había sido músico; en su mundo, mecánico. Soren la llevó hasta una torre donde un grupo de estudiosos investigaba puertas imposibles. Según ellos, los mundos paralelos se rozaban en ciertos lugares como páginas de un libro mal encuadernado.

Mara descubrió que la puerta podía abrirse de nuevo usando una moneda que llevaba desde niña. Nunca había sabido de dónde provenía. En Ilyon, la misma moneda era un símbolo utilizado por navegantes entre mundos. Soren aseguró que la Mara desaparecida había encontrado una igual. Esa coincidencia significaba que sus vidas no eran simples variaciones independientes: existía algo que se repetía entre realidades.

Al regresar a su ciudad, Mara encontró la puerta azul exactamente donde la había dejado. Solo habían pasado tres minutos, aunque ella había estado casi un día fuera. Durante semanas intentó continuar con su rutina, pero las puertas comenzaron a aparecer en otros lugares: un ascensor que se abría a una playa roja, una cabina telefónica que conducía a una biblioteca interminable, un túnel del metro que desembocaba en una versión silenciosa de su propio barrio.

En cada mundo alguien la reconocía. A veces era amiga, otras enemiga, hermana, profesora o desconocida famosa por una decisión que ella nunca había tomado. Lo perturbador no era encontrar versiones diferentes de sí misma. Era comprobar que todas parecían haber desaparecido poco antes de su llegada. Como si las puertas solo se abrieran cuando quedaba un espacio vacío con su nombre.

Mara comenzó a registrar fechas y descubrió un patrón. Las desapariciones ocurrían cada treinta y tres días. Faltaban cuatro para la siguiente. Soren logró comunicarse con ella a través de un espejo preparado con símbolos y le advirtió que los investigadores de Ilyon habían encontrado algo peor: las fronteras entre mundos se estaban debilitando alrededor de una sola persona. Ella.

La última noche antes del plazo, Mara colocó todos sus cuadernos sobre la mesa y comparó recuerdos. En uno de los mundos había visto una fotografía de su infancia junto a una mujer desconocida. Ahora esa misma mujer apareció en una foto real de su casa, donde antes no estaba. Al darle la vuelta encontró una frase escrita con su propia letra: «No sigas buscando versiones de ti. Busca el mundo del que saliste.» Mara comprendió que quizá su realidad tampoco era la original.

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