Relato de ficción original.
Samira y Malik siguieron la pista del ritual hasta una cámara bajo la catedral. Allí encontraron documentos de reinados anteriores. Cada vez que la barrera de la ciudad se debilitaba, un miembro de la familia real entregaba voluntariamente parte de su energía vital. Con el tiempo, el procedimiento se volvió más extremo.
En la ceremonia próxima, la reina debía morir.
El consejo le había asegurado que un ejército enemigo preparaba una invasión y que solo una barrera completa podría detenerlo. La reina había aceptado el sacrificio en secreto para evitar el pánico.
Malik revisó los informes militares.
No existía ningún ejército.
Los movimientos de tropas citados por el consejo eran ejercicios rutinarios de un reino vecino. Alguien había exagerado los datos para convencer a la reina.
—¿Por qué? —preguntó Samira.
Porque una barrera completa no solo impediría entrar a enemigos. También impediría salir sin autorización del consejo. Convertiría la ciudad en un territorio aislado donde un pequeño grupo controlaría comercio, comunicaciones y desplazamientos.
Malik apretó los puños.
—Entonces mi espada aparece porque intento detenerlos.
Samira no estaba segura.
Las profecías podían ser más retorcidas.
Intentar evitar el futuro
Decidieron no acudir a la ceremonia. Si Malik no estaba allí con una espada, la primera visión no podría cumplirse.
Samira sacó otra carta.
La imagen cambió.
La reina estaba viva.
Pero la ciudad ardía con mucha más intensidad.
Calles enteras quedaban destruidas y la barrera brillaba sobre los incendios como una jaula.
Samira entendió el problema.
Evitar un elemento de la profecía no garantizaba un buen resultado. Quizá la presencia de Malik en la catedral era necesaria para impedir algo peor.
Volvió a estudiar el mazo.
Todas sus visiones recientes compartían un detalle: cambiaban después de cada decisión importante.
Eso significaba que las cartas no mostraban un futuro fijo.
Mostraban la consecuencia más probable del camino actual.
—Entonces podemos cambiarlo —dijo Malik.
—Sí. Pero no basta con hacer lo contrario.
Necesitaban una tercera opción.
Samira pidió hablar con la reina. El consejo rechazó la solicitud y ordenó vigilar la torre. Aquello confirmó que temían su intervención.
Los cuervos comenzaron a llegar en números extraordinarios. Se posaban en tejados, estatuas y ventanas. Los ciudadanos lo interpretaron como un mal presagio.
Samira tuvo una idea.
Durante generaciones su familia había utilizado cuervos mensajeros. Aún conocía rutas hacia todos los distritos.
Escribieron copias de los documentos descubiertos y las enviaron a magistrados, comerciantes, templos y capitanes.
El consejo intentó detener los mensajes, pero ya era tarde.
En la víspera de la coronación, media ciudad sabía que el ritual podía matar a la reina.
El consejo respondió adelantando la ceremonia.
Las campanas comenzaron a sonar en mitad de la noche.
Malik tomó su espada.
Samira escuchó el ruido de una multitud reuniéndose frente a la catedral.
—La primera visión está empezando —dijo.
—Entonces iremos.
Samira guardó el mazo.
Por primera vez no quería ver qué ocurriría a continuación.
Prefería llegar allí y ayudar a decidirlo.