La ciudad llevaba cien años funcionando dentro de un minuto robado — Parte 2

Relato de ficción original.

Iris y Theo entraron en la torre mientras las autoridades intentaban tranquilizar a la población. Oficialmente se trataba de una avería. En realidad, los ingenieros del gobierno sabían que el sistema temporal había alcanzado un nivel crítico.

La torre estaba llena de mecanismos que Theo jamás había visto: engranajes que giraban sin tocarse, péndulos suspendidos en el aire y depósitos de luz dorada. Cada destello representaba tiempo tomado de otro lugar.

Iris calculó la deuda.

La ciudad había acumulado casi ciento veinte años.

Cuando el sistema fallara, edificios, máquinas y personas recibirían de golpe una parte de ese envejecimiento. Nadie sabía cómo se distribuiría.

—Tenemos que apagarlo —dijo Theo.

Iris negó con la cabeza.

Apagar el núcleo sin devolver la energía provocaría exactamente el mismo colapso.

Debían encontrar a su creador.

En el nivel más profundo de la torre hallaron una habitación donde nada se movía. En su interior estaba el abuelo de Theo.

Vivo.

Parecía tener exactamente la misma edad que el día de su desaparición.

El hombre atrapado entre segundos

Theo abrió la puerta.

Su abuelo cayó al suelo y comenzó a respirar como si hubiera estado conteniendo el aire durante años.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó.

—Cinco años.

El anciano miró a Iris.

—Entonces fracasé.

Explicó que había descubierto la deuda temporal y trató de construir un sistema para devolverla gradualmente. El gobierno se opuso porque reduciría la energía disponible. Cuando intentó detener el núcleo, quedó atrapado en una cámara sin tiempo.

Antes de desaparecer había enviado a Iris al futuro para buscar datos sobre la catástrofe y regresar con una solución. Algo salió mal en la trayectoria y la autómata terminó escondida en el sótano.

Theo creyó que por fin tenían un plan.

Su abuelo sacudió la cabeza.

—La energía ya es demasiado grande.

La única manera era abrir todos los conductos y devolver el tiempo simultáneamente. Pero necesitaban un regulador capaz de distribuir la descarga.

Iris sabía cuál.

Ella misma.

Su cuerpo había sido construido con aleaciones temporales. Podía actuar como puente entre la torre y el exterior.

Theo se negó inmediatamente.

—Tiene que haber otra manera.

—La hubo —respondió Iris—. Hace décadas.

Las sirenas comenzaron a sonar.

El núcleo se estaba acelerando.

Theo, desesperado, giró una palanca que creyó que detendría los engranajes.

El resultado fue inmediato.

En las calles, las paredes comenzaron a oxidarse. Algunos árboles crecieron metros en segundos. Una locomotora nueva apareció cubierta de corrosión.

—¿Qué hice?

Su abuelo miró el indicador.

—Empezaste la devolución sin regulador.

Iris abrió las alas.

—Entonces ya no podemos esperar.

Theo la agarró del brazo.

—No voy a dejar que desaparezcas por un error nuestro.

Iris lo miró con una calma que lo enfureció todavía más.

—No soy un error, Theo. Fui construida para poder elegir cuando llegara este momento.

Las agujas de la torre comenzaron a girar hacia atrás.

Quedaban minutos.

Theo miró las calles a través de una abertura de la torre. Personas desconcertadas observaban cómo la piedra envejecía alrededor de ellas. La solución más fácil habría sido cerrar la cámara y culpar a los gobernantes que habían creado el sistema. Pero Iris no pensaba en culpables. Pensaba en quienes vivirían las consecuencias. Esa diferencia obligó a Theo a dejar de preguntarse quién merecía pagar la deuda y concentrarse en cómo impedir que la pagaran personas que nunca habían sabido que existía.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Display a rewarded ad

Scroll al inicio