La prometida del guardián del tiempo — Parte 1

Relato de ficción original.

Clara recibió la primera carta el día de su cumpleaños. No tenía sello ni remitente y apareció dentro de un libro cerrado. El mensaje estaba firmado por Adrián, un hombre que aseguraba conocerla desde hacía siete años. Terminaba con una frase absurda: «Sigo siendo tu prometido, aunque para ti todavía no nos hemos conocido».

Clara pensó que era una broma hasta que la carta mencionó detalles privados que nadie sabía. Adrián describía una cicatriz en su muñeca, una canción que escuchaba cuando estaba nerviosa y el nombre que había pensado ponerle a un perro imaginario de infancia.

Las cartas siguieron llegando. Adrián explicaba que era guardián de una institución llamada Archivo Temporal. Su trabajo consistía en reparar pequeñas fracturas causadas por objetos, mensajes o personas que cruzaban años incorrectos.

Según él, Clara se convertiría en investigadora del Archivo cinco años después. Allí se conocerían, trabajarían juntos y terminarían comprometidos. Pero una misión salió mal y Adrián quedó atrapado en una sección del tiempo desde la que solo podía enviar mensajes hacia atrás.

Clara se negó a aceptar una relación decidida por una versión futura de sí misma. Respondió escribiendo en el mismo libro: «Que una futura Clara te ame no significa que yo te deba nada». La respuesta llegó al día siguiente: «Lo sé. Por eso nunca te he pedido que me ames ahora».

Esa contestación cambió el tono. Adrián dejó de hablar de su relación y empezó a enviar información sobre una anomalía próxima: un reloj público de la ciudad se detendría durante trece minutos y, en ese intervalo, varias personas recordarían eventos que no habían ocurrido.

Clara presenció el fenómeno. A las 17:12 el reloj se detuvo. Una mujer comenzó a llorar por un hijo que nunca había tenido. Un hombre reconoció una tienda inexistente. Clara recordó durante segundos una conversación con Adrián en un café que jamás había visitado.

Cuando el tiempo volvió a avanzar, la mayoría olvidó. Clara no. Comprendió que las cartas no eran una broma y que su vida futura podía estar conectada con aquello.

Adrián le indicó cómo localizar una entrada oculta al Archivo. Clara fue por curiosidad, no por obediencia. Encontró una sala subterránea llena de relojes sincronizados con años diferentes.

Un archivista anciano la reconoció inmediatamente. «Llegas antes de lo previsto», dijo. Clara respondió que ese era exactamente el problema: no estaba dispuesta a vivir según un calendario escrito por otros.

Clara pasó varias noches comparando las cartas. Notó que Adrián nunca describía acontecimientos mundiales, solo eventos relacionados con el Archivo y con personas concretas. Cuando ella preguntó por qué, él explicó que la información amplia generaba demasiadas ramificaciones. Una advertencia sobre una tormenta podía cambiar miles de rutas. El sistema limitaba los mensajes precisamente para reducir efectos inesperados. Esa restricción convenció a Clara de que el Archivo conocía bien los peligros de intervenir, aunque no siempre respetara los límites que imponía a otros.

La existencia de un futuro donde estaba comprometida con Adrián despertó emociones contradictorias. A veces sentía curiosidad y otras rechazo. Le molestaba descubrir fotografías de una intimidad que aún no había construido. Decidió guardar los documentos en una carpeta cerrada y consultarlos solo cuando fueran relevantes para una investigación. No quería que la versión futura de sí misma se convirtiera en una comparación permanente contra la persona que era ahora.

Antes de entrar al Archivo, Clara escribió una lista de condiciones personales. No quería recibir información íntima sobre su futuro salvo que fuera necesaria para evitar un daño concreto. Mateo aceptó incluir esas condiciones en su expediente. Aquello parecía extraño en una institución acostumbrada a manejar cronologías, pero abrió un precedente: las personas mencionadas en registros futuros también debían tener derechos sobre cómo esa información podía utilizarse.

Clara también decidió conservar una vida fuera del Archivo. Mantuvo su trabajo, amistades y rutinas durante los primeros meses. No quería que conocer futuros posibles convirtiera toda su existencia en una preparación para algo que quizá nunca ocurriría.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Display a rewarded ad

Scroll al inicio