Relato de ficción original.
Samira pasó el resto de la noche intentando convencerse de que no había imaginado la voz de su madre. Al amanecer fue al archivo real y buscó los registros de la expedición en la que Leila había desaparecido. Encontró mapas, listas de suministros y una versión oficial repetida durante veinte años: una tormenta inesperada había sepultado a la caravana. Pero faltaban tres páginas del informe original, arrancadas con tanta precisión que nadie habría reparado en ello sin conocer el documento.
Azar reapareció cuando Samira cerró la puerta del archivo. Le explicó que Leila no había muerto en la tormenta. Había cruzado voluntariamente las Dunas Espejo para esconder el segundo sello de la Puerta de la Luna. Solo alguien que llevara sangre de los antiguos custodios podía seguir el camino correcto. La lámpara proyectó una fina línea dorada sobre el suelo y Samira comprendió que la ruta comenzaba detrás de las murallas de Nahar.
Esa misma tarde abandonó la ciudad con agua, una capa y la lámpara envuelta en tela. La senda no aparecía a simple vista. Cada vez que Samira dudaba, la arena se iluminaba unos pasos delante de ella. Al caer la noche llegó a un valle donde las dunas reflejaban las estrellas como si estuvieran hechas de cristal. En el centro se alzaba la entrada de un palacio enterrado hasta la mitad, con columnas inclinadas y puertas cubiertas de símbolos idénticos a los de la lámpara.
En el interior encontró frescos que cambiaron todo lo que sabía sobre su familia. Mostraban a una reina llamada Zahra entregando tres objetos a sus hijas: una lámpara, un sello de piedra y una corona sin joyas. Las inscripciones contaban que los custodios de la puerta no gobernaban a los habitantes del desierto; tenían una única misión, impedir que el poder de la grieta terminara en manos de un soberano. Leila descendía de aquella línea y Samira también.
Azar confesó entonces su propio secreto. Siglos atrás había sido obligado por un rey a utilizar su poder contra ciudades rivales. Los custodios consiguieron detener la guerra, pero para hacerlo lo ataron a la lámpara. Desde entonces podía advertir, proteger y mostrar caminos, pero no desobedecer una orden directa de quien reuniera los tres sellos. La persona que intentaba abrir la puerta no buscaba simplemente una tormenta: pretendía controlar a Azar y convertir la arena en un ejército.
En la cámara central del palacio, Samira encontró una caja de piedra. Dentro había un anillo que pertenecía a su madre y una carta reciente. Leila explicaba que se había ocultado al descubrir que el rey Malik, tío de Samira y actual gobernante de Nahar, había ordenado buscar los sellos. También revelaba que Malik conocía el origen de Samira y por eso la había mantenido cerca del palacio desde niña, fingiendo proteger a la hija huérfana de su hermana.
La carta terminaba con una instrucción: destruir la lámpara si Malik llegaba a descubrirla. Samira miró a Azar. Romper el objeto quizá impediría el ritual, pero también podía condenarlo para siempre o liberar una fuerza que ninguno de los dos comprendía. Antes de decidir, escuchó pasos en el corredor. Los guardias reales habían seguido su rastro. Malik apareció entre ellos sin corona, cubierto por una capa de viaje y con una sonrisa que no necesitaba explicación.
Samira intentó retroceder, pero dos soldados la sujetaron. Malik no pidió la lámpara; conocía demasiado bien sus reglas. Simplemente pronunció el nombre secreto grabado en la base. El objeto salió de las manos de Samira y voló hacia él. El palacio entero tembló. A kilómetros de distancia, sobre Nahar, una enorme nube circular empezó a ocultar la luna. Malik levantó la lámpara y ordenó a Azar que abriera la primera cerradura.