Relato de ficción original.
Samira había crecido en Nahar escuchando una regla que nadie se atrevía a discutir: después de la última llamada de las campanas, ninguna lámpara debía permanecer encendida frente a una ventana. Los ancianos afirmaban que era una costumbre nacida durante antiguas tormentas de arena. Para ella solo era una superstición más de una ciudad que convertía cada recuerdo en una ley. Todo cambió la noche en que un mercader dejó frente a su puerta una lámpara azul con el emblema de su madre desaparecida.
La pieza era demasiado fina para pertenecer al mercado. Tenía incrustaciones de lapislázuli y una inscripción casi borrada en la base. Samira reconoció inmediatamente el símbolo: tres lunas sobre una línea ondulada. Su madre lo llevaba bordado en un pañuelo cuando Samira era niña, antes de desaparecer durante una expedición al desierto. El mercader no quiso cobrar nada. Solo dijo que la lámpara había sido encontrada dentro de una caja sellada bajo las ruinas de una caravana que llevaba veinte años enterrada.
Esa noche, mientras la ciudad apagaba sus balcones, Samira dejó la lámpara sobre la mesa. No la frotó ni pidió ningún deseo. Simplemente pronunció en voz alta el nombre de su madre: Leila. El cristal azul se iluminó desde dentro. Una corriente de arena dorada salió del pico y recorrió la habitación como si obedeciera a un viento invisible. Las partículas dibujaron sobre la pared un mapa de Nahar y marcaron con luz la gran torre del palacio.
Entonces apareció una figura en el reflejo de la ventana. No era un hombre de carne y hueso. Su cuerpo parecía formado por humo oscuro y brasas, y sus ojos ardían con un brillo tranquilo, casi cansado. Samira retrocedió, esperando una amenaza. La criatura, sin embargo, inclinó la cabeza y dijo que se llamaba Azar. No era un genio encargado de conceder caprichos. Era un guardián encerrado siglos atrás para impedir que alguien abriera la Puerta de la Luna.
Samira quiso saber qué tenía que ver aquello con su madre. Azar respondió que Leila había descubierto la existencia de la puerta y había intentado impedir que el consejo real la utilizara. Bajo Nahar, explicó, existía una cámara construida alrededor de una grieta que conectaba el desierto con un reino de tormentas vivientes. Si la grieta se abría por completo, la arena dejaría de comportarse como arena. Se convertiría en una marea capaz de tragarse calles, torres y oasis enteros.
La noticia parecía imposible, pero en ese mismo momento las ventanas vibraron. Desde el balcón, Samira vio que una espiral de polvo se levantaba alrededor de la torre del palacio aunque el aire estaba en calma. Azar le pidió que ocultara la lámpara y no confiara en nadie del consejo. Alguien había comenzado a romper los sellos de la Puerta de la Luna, y la lámpara que ella sostenía era uno de los tres objetos necesarios para terminar el ritual.
Samira preguntó por qué la lámpara había aparecido precisamente ahora. Azar guardó silencio durante unos segundos. Después explicó que el objeto no respondía a cualquier persona. Solo despertaba ante la voz de alguien perteneciente a la familia que lo había creado. Samira sintió un escalofrío. Siempre había creído que su madre era una cartógrafa al servicio del palacio. Azar acababa de insinuar que Leila pertenecía a una historia mucho más antigua.
Antes de que pudiera hacer otra pregunta, la luz azul se volvió blanca. El humo de Azar desapareció y, desde el interior de la lámpara, surgió una voz humana. Era débil, pero Samira la habría reconocido entre miles. “No abras la puerta del palacio”, dijo su madre. Después añadió algo que la dejó inmóvil: “Yo sigo viva, y quien me encerró está sentado en el trono de Nahar”.