Relato de ficción original.
Theo tenía diecisiete años y una habilidad extraordinaria para reparar mecanismos que nadie más comprendía. Había heredado el taller de su abuelo, un relojero brillante y excéntrico que desapareció varios años atrás. Los vecinos pensaban que el anciano había muerto durante uno de sus experimentos. Theo nunca encontró pruebas.
Una tarde descubrió una puerta oculta detrás de un armario.
En el sótano había una figura cubierta por una sábana.
Cuando retiró la tela encontró a una muchacha de porcelana. Tenía rasgos casi humanos, articulaciones de metal y dos alas formadas por cientos de pequeñas plumas mecánicas.
En su espalda había una cerradura.
Junto a ella, una nota del abuelo: «No la despiertes hasta que el reloj se detenga.»
Theo miró hacia la gran torre de la ciudad. Funcionaba perfectamente.
Debería haber esperado.
No lo hizo.
Introdujo una llave dorada y giró.
Los engranajes comenzaron a moverse. Luz cálida recorrió las alas. La muchacha abrió los ojos.
—¿Qué año es?
Theo respondió.
Ella se incorporó bruscamente.
—Entonces llegué demasiado pronto.
—¿Demasiado pronto para qué?
La autómata miró por la ventana.
—Para el fin de la ciudad.
En ese preciso instante, todas las campanas dejaron de sonar.
Cuando el tiempo perdió el ritmo
Theo salió a la calle. El reloj de la torre se había detenido. También los relojes de bolsillo, los de las fábricas y los pequeños mecanismos domésticos.
Solo la muchacha seguía moviéndose.
Se llamaba Iris.
Explicó que había sido construida por el abuelo de Theo.
—Eso es imposible. Él desapareció hace cinco años.
—Para ti.
Iris procedía del futuro.
Su creador la había enviado al pasado con una misión: impedir que la torre acumulara demasiada energía temporal. El viaje salió mal y la máquina llegó décadas antes de lo previsto, quedando inactiva en el sótano hasta que alguien la despertara.
Theo quiso saber qué era exactamente la torre.
Iris señaló los enormes relojes de la ciudad.
—No miden el tiempo. Lo recolectan.
Décadas atrás, los gobernantes descubrieron una manera de quitar fracciones minúsculas de tiempo a otros lugares. Un segundo perdido en un pueblo, medio segundo en una carretera, pequeños fragmentos imposibles de percibir individualmente. Esa energía se utilizaba para impulsar trenes, autómatas, fábricas y aeronaves.
Con los años la deuda creció.
—¿Qué ocurre cuando tenga que devolverse?
Iris guardó silencio.
—Todo el tiempo regresará al mismo instante.
Theo imaginó la ciudad envejeciendo décadas en segundos.
—¿Cuándo?
Iris observó el reloj detenido.
—Acaba de empezar la cuenta atrás.
En la torre apareció una luz roja.
Faltaban setenta y dos horas.
La noticia todavía no había llegado a las calles. Afuera, las personas seguían comprando pan, tomando trenes y consultando relojes que ya no avanzaban. Theo observó aquella normalidad desde la ventana del taller y sintió el peso de una información que nadie más poseía. No podía limitarse a confiar en Iris porque dijera venir del futuro; necesitaba comprender la máquina, encontrar las notas de su abuelo y demostrar qué estaba ocurriendo. Pero cada minuto que utilizara para investigar era, precisamente, un minuto que la ciudad ya no podía permitirse perder.