La estrella no existía en ningún mapa — Parte 1

Relato de ficción original.

Asha llevaba diecisiete años observando el cielo desde el Observatorio de Lumen. Su trabajo consistía en registrar movimientos, calcular órbitas y confirmar que las cartas astrales siguieran siendo precisas. La mayor parte de las noches no ocurría nada que un buen astrónomo no pudiera explicar.

Hasta que apareció una estrella violeta.

Estaba en una región donde no debía existir ningún cuerpo visible. Asha revisó tres mapas distintos, comparó registros de generaciones anteriores y pidió a otros observatorios que confirmaran la posición. Todos respondieron lo mismo: no veían nada.

Solo Asha podía verla.

Durante la segunda noche, la estrella parpadeó tres veces. Pausa. Dos veces. Pausa. Tres.

Asha creyó al principio que se trataba de una irregularidad atmosférica. Pero el patrón se repitió exactamente.

No era un destello aleatorio.

Era un mensaje.

Utilizando el enorme astrolabio del observatorio, Asha orientó un haz de luz hacia las coordenadas. Repitió el mismo patrón.

La estrella respondió.

Una imagen del futuro

Durante seis noches intercambiaron secuencias simples. Asha comenzó a construir una especie de lenguaje numérico. En la séptima noche la luz del astrolabio cambió. Sobre su superficie apareció una imagen.

Era Lumen.

Pero no la ciudad que Asha conocía.

Las torres flotantes estaban partidas. Los puentes colgaban sobre el vacío. El gran observatorio ardía. En el centro de la imagen aparecía una fecha.

Faltaban once días.

Asha avisó inmediatamente al Consejo Celeste. Esperaba que evacuaran barrios, reunieran científicos y buscaran una explicación.

La reacción fue muy diferente.

El magistrado principal cerró las puertas de la sala y ordenó confiscar todos sus registros.

—Debes olvidar lo que has visto.

Asha creyó que había oído mal.

—La ciudad aparece destruida dentro de once días.

—Precisamente por eso.

El magistrado reveló que aquella estrella ya había aparecido una vez.

Trescientos años atrás.

Un astrónomo respondió a sus señales. Siete días después, una ciudad entera desapareció.

Asha preguntó cuál.

El hombre la miró directamente.

—Lumen.

Según los archivos secretos, la ciudad había sido destruida hacía tres siglos. Los supervivientes utilizaron una tecnología prohibida para retroceder el tiempo y reconstruir los acontecimientos. El procedimiento alteró los recuerdos de casi toda la población. La versión moderna de Lumen existía porque alguien había conseguido reiniciar la historia.

Solo el Consejo conservaba pruebas.

Asha sintió que las paredes del observatorio se volvían extrañas. Había crecido allí. Conocía cada torre. Resultaba imposible aceptar que todo aquello ya hubiera terminado una vez.

—¿Qué ocurrió exactamente?

El magistrado no quiso responder.

Solo dijo que cada intento de estudiar la estrella había terminado del mismo modo.

El Consejo ordenó destruir el astrolabio.

Asha fingió obedecer.

Esa noche regresó sola.

La estrella violeta seguía allí.

Pero ya no enviaba números.

Mostró una imagen de una niña de ocho años.

Asha se reconoció inmediatamente.

Junto a la imagen aparecieron unas coordenadas dentro de la propia ciudad.

Las siguió hasta las catacumbas bajo el observatorio.

Encontró una puerta sellada con su nombre.

No el apellido.

Solo «Asha».

En el interior había cientos de cuadernos.

Abrió el primero.

La caligrafía era idéntica a la suya.

La fecha pertenecía a trescientos años atrás.

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