La sirena que eligió dos mundos — Parte 3

Relato de ficción original.

El leviatán mostró a Aria imágenes mediante el canto. Las máquinas construidas por Thalassa extraían energía de respiraderos profundos y alteraban las rutas migratorias de criaturas que sostenían el ecosistema.

La ciudad había sobrevivido durante generaciones trasladando el coste a lugares que nadie veía.

Aria regresó al palacio y explicó la situación.

El consejo exigió una solución rápida. Querían que utilizara su poder para obligar a los leviatanes a restaurar las corrientes mientras las máquinas seguían funcionando.

Aria se negó.

—No voy a sustituir una máquina que daña el océano por una persona que obligue a sus criaturas.

La reina la apoyó.

Propusieron evacuar temporalmente los barrios profundos, apagar las máquinas y reconstruir el sistema alrededor de corrientes naturales.

El plan implicaba abandonar zonas de la ciudad durante años.

Hubo protestas.

Aria comprendía el miedo. Para miles de personas, aquellas máquinas no representaban una injusticia abstracta. Representaban sus hogares.

El derecho a regresar sin volver a ser quien eras

Durante semanas trabajaron con ingenieros, pescadores y guardianes de superficie. Los leviatanes comenzaron a recuperar rutas antiguas. Las corrientes se estabilizaron lentamente.

Thalassa no quedó igual.

Se hizo más pequeña.

Pero sobrevivió.

El consejo que había desterrado a Aria fue investigado. Algunos miembros ya no ocupaban sus cargos; otros admitieron que conocían su origen y prefirieron proteger la estabilidad política.

La reina ofreció a Aria el derecho formal a reclamar la corona antigua.

Aria rechazó la propuesta.

—Mi madre huyó de todo esto. No voy a convertir su sangre en otra obligación.

En su lugar aceptó representar a las comunidades de superficie y a los antiguos linajes en un nuevo consejo marítimo.

Vivía parte del año en Thalassa y parte en el pueblo costero.

Los vecinos tardaron un tiempo en acostumbrarse a la verdad. Algunos pensaron que era una historia imposible hasta que vieron a Aria entrar al mar y desaparecer bajo las olas.

Con los años, el pueblo se convirtió en uno de los primeros puertos donde humanos y habitantes submarinos comerciaban abiertamente.

Aria nunca volvió a ocultar su cola.

Tampoco dejó de caminar sobre tierra.

Una tarde, una niña de Thalassa le preguntó a qué mundo pertenecía.

Aria pensó en su madre, en el pueblo, en el palacio y en los leviatanes.

—A los dos.

La niña pareció confundida.

Aria sonrió.

—No siempre tienes que elegir una mitad de ti para que la otra pueda existir.

El nuevo sistema no resolvió todos los problemas. Hubo temporadas de corrientes débiles, discusiones por rutas comerciales y familias que se negaban a abandonar los antiguos barrios inundados.

Pero las decisiones dejaron de tomarse en cámaras cerradas.

Los leviatanes recibieron zonas de paso protegidas y Thalassa dejó de emitir los pulsos que los obligaban a acercarse.

La reina siguió en el trono algunos años más y después aceptó limitar sus poderes bajo una nueva carta marítima.

Aria guardó la vieja corona Mareth en un museo.

No como promesa de restauración.

Como prueba de que una herencia puede explicar de dónde vienes sin decidir a dónde debes ir.

En el horizonte, una enorme criatura emergió durante unos segundos.

El canto cruzó el océano.

Aria respondió.

Con el tiempo, los niños dejaron de aprender que la superficie y el fondo marino eran mundos destinados a permanecer separados. Aprendían ambas historias: la de quienes huyeron, la de quienes fueron expulsados y la de quienes decidieron regresar sin reclamar que todo volviera a ser como antes. Aria consideraba ese cambio más importante que cualquier corona.

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