El guerrero que perdió la memoria — Parte 1

Relato de ficción original.

El hombre despertó bajo una capa de nieve con una espada entre las manos y ningún recuerdo de su nombre. A su alrededor había restos de una batalla reciente: escudos rotos, carros abandonados y huellas que descendían hacia un valle.

No encontró ningún cuerpo.

Eso le pareció más extraño que la batalla.

En el pomo de la espada había grabado un símbolo: un lobo atravesado por una flecha.

Comenzó a caminar.

Al caer la tarde llegó a una aldea. En cuanto los habitantes lo vieron, cerraron puertas y ventanas.

Una mujer mayor lo reconoció.

—No puede ser.

El guerrero preguntó quién era.

La mujer retrocedió.

—Eres Kael Varyn.

El nombre no despertó nada.

—¿Y quién es Kael Varyn?

La respuesta llegó de un niño escondido detrás de una puerta.

—El hombre que quemó nuestra ciudad.

Kael sintió que el estómago se le cerraba.

Un pasado que todos recordaban menos él

La anciana explicó que Kael había sido comandante del ejército del norte. Tres años atrás dirigió una campaña que destruyó varias ciudades rebeldes. Su nombre se convirtió en sinónimo de brutalidad.

Kael miró sus manos.

No recordaba haber dado ninguna orden.

No recordaba ni siquiera haber llevado un uniforme.

Antes de poder preguntar más, aparecieron jinetes en la carretera.

La aldea entró en pánico.

Kael creyó que venían a detenerlo.

Los soldados desmontaron y se arrodillaron.

—Comandante. Lo encontramos.

El capitán le informó de que el rey llevaba días buscándolo. Según ellos, Kael desapareció durante una misión secreta contra un grupo de hechiceros.

Kael fingió recordar lo suficiente para evitar sospechas.

Durante el viaje hacia la capital observó que los soldados lo trataban con una mezcla de respeto y miedo.

Por la noche examinó su espada.

Al tocar una runa oculta en la hoja, escuchó una voz.

Su propia voz.

«Si estás oyendo esto, lo conseguimos. No confíes en el rey. Y no intentes recuperar todos tus recuerdos.»

Kael soltó la espada.

La grabación continuó.

«La memoria no te fue robada. Tú pediste que la borraran.»

El mensaje terminó.

Kael permaneció despierto hasta el amanecer.

Había aceptado vivir sin pasado.

Ahora necesitaba descubrir qué podía ser tan terrible como para que él mismo decidiera olvidarlo.

Antes de guardar la espada encontró una segunda inscripción en el filo, visible solo bajo la luz de la luna. Era una fecha: la del día siguiente.

Debajo había una frase breve.

«Ese día, no permitas que el rey te toque la frente.»

Kael no sabía qué significaba. Pero cuando llegaron a la capital y vio al monarca esperándolo en las escalinatas, comprendió que la advertencia no era una metáfora.

El rey extendió la mano hacia su cabeza.

Kael sintió un impulso instintivo de apartarse. No sabía si provenía de una memoria borrada o simplemente del miedo que le producía aquella advertencia. Fingió un tropiezo y evitó la mano del rey. Durante un instante vio algo extraño en los ojos del monarca: no sorpresa, sino decepción. Aquello confirmó que la runa no mentía. Alguien esperaba recuperar acceso a una parte de su mente que él mismo había decidido cerrar.

Antes de entrar en el salón del trono, Kael decidió observar antes de obedecer. Cada gesto de los cortesanos parecía ensayado alrededor de una versión de él que desconocía. Algunos evitaban mirarlo; otros buscaban su aprobación. Esa contradicción le confirmó que recuperar la memoria no podía ser una carrera. Tendría que reconstruir su pasado con pruebas, aceptar lo que hubiera hecho y decidir qué clase de hombre quería ser sin permitir que nadie escribiera por él la parte que faltaba.

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