Relato de ficción original.
Elena llegó a Belloria para restaurar el archivo municipal después de una inundación. Esperaba encontrar papeles dañados, libros de actas y fotografías pegadas por la humedad. Lo extraño comenzó el primer día, cuando halló una ficha de nacimiento sin nombre. La fecha, el lugar y los padres estaban escritos con claridad, pero el espacio central parecía haber sido borrado sin dejar rastro de tinta.
Pensó que era un error antiguo hasta que encontró diez fichas iguales. Todas pertenecían a personas que, según los registros, habían vivido en la misma calle. Elena preguntó a la directora del archivo y recibió una respuesta evasiva: en Belloria había documentos que era mejor no completar. Esa frase despertó su curiosidad profesional y una inquietud que no supo explicar.
Al recorrer la ciudad descubrió casas abandonadas en perfecto estado. Había platos en armarios, ropa doblada y fotografías familiares con espacios vacíos donde debería aparecer alguien. Los vecinos recordaban que aquellas viviendas habían estado ocupadas, pero nadie podía decir por quién. Cuando Elena insistía, las conversaciones se volvían confusas y las personas cambiaban de tema sin darse cuenta.
Esa noche recibió una visita. Un anciano llamado Tomas dejó sobre su mesa un cuaderno lleno de nombres escritos a mano. Le explicó que su esposa había desaparecido de la memoria colectiva doce años atrás. Él todavía la recordaba porque anotaba cada día detalles sobre ella: su voz, sus recetas, las canciones que cantaba. Si pasaba demasiado tiempo sin leer el cuaderno, algunos recuerdos comenzaban a desvanecerse.
Tomas aseguró que el olvido avanzaba por barrios y que cada año desaparecían más personas de los registros. No se las llevaba una criatura ni abandonaban la ciudad. Seguían existiendo durante un tiempo, pero el resto dejaba de reconocerlas. Después ellas mismas empezaban a olvidar quiénes eran. Elena creyó que el anciano exageraba hasta que al día siguiente una compañera del archivo dejó de saludarla.
La compañera se llamaba Vera y había trabajado con Elena toda la semana. Sin embargo, al preguntarle por el proyecto, Vera respondió que no conocía a ninguna Elena. Otros empleados también la miraron con extrañeza. Solo la directora recordó quién era, y lo hizo porque conservaba una copia impresa del contrato de trabajo sobre el escritorio.
Elena escribió su propio nombre en las paredes del despacho, en sus brazos y en varias hojas. Luego llamó a su hermana fuera de Belloria. La hermana la reconoció sin dificultad. Eso demostraba que el fenómeno tenía límites geográficos. Elena comprendió que no podía marcharse sin investigar: si el olvido alcanzaba a toda la ciudad, miles de personas podían perder su identidad sin que nadie fuera capaz de denunciarlo.
Tomas la condujo a una plaza cerrada desde hacía décadas. Bajo una estatua rota encontraron una escalera que descendía hacia un archivo mucho más antiguo que el municipal. Allí había miles de placas metálicas, cada una con un nombre. Algunas brillaban; otras estaban cubiertas de una pátina negra. Tomas señaló una placa casi ilegible y dijo que pertenecía a su esposa.
En el centro de la cámara había una máquina de piedra formada por engranajes inmóviles. Una inscripción decía: «Belloria recordará mientras alguien recuerde por todos». Elena entendió que la ciudad había confiado su memoria a un mecanismo antiguo. Pero algo estaba fallando. Entonces una placa cercana comenzó a oscurecerse. Llevaba el nombre de Elena.