Las voces no venían solo del pasado — Parte 2

Relato de ficción original.

Durante los días siguientes, Elira empezó a escuchar voces que no pertenecían a muertos. Eran más débiles, como ecos atravesando una pared. Una de ellas era un guardia enfermo en la enfermería. Otra pertenecía a una mujer herida en un accidente fuera de la ciudad. Cuando ambas personas se recuperaron, las voces desaparecieron. El don no estaba unido a la muerte en sí, sino a un estado de fragilidad entre conciencia y ausencia.

Mara estudió el fenómeno con cautela. Descubrió que Elira oía con mayor intensidad en habitaciones construidas con una piedra negra extraída de antiguas canteras. El palacio estaba lleno de ese material. Los constructores originales la llamaban piedra de umbral y creían que conservaba impresiones emocionales. Eso explicaba por qué tantas voces permanecían allí.

El problema era que alguien había empezado a colocar fragmentos de piedra en lugares nuevos: salas del consejo, aposentos de embajadores y dependencias militares. Elira sospechó que una persona conocía su capacidad y trataba de ampliar su alcance. Si podía escuchar pensamientos o recuerdos de personas vulnerables, su don podía convertirse en herramienta de espionaje.

Investigaron discretamente y descubrieron a un consejero llamado Varen comprando piedra de umbral a través de intermediarios. Al ser interrogado, confesó que llevaba años estudiando leyendas sobre la dinastía. Algunas reinas anteriores también habían escuchado voces y utilizaron la habilidad para obtener información durante guerras. Varen creía que Elira tenía obligación de hacer lo mismo para proteger el reino.

Elira rechazó esa lógica. Escuchar involuntariamente a una persona enferma ya era incómodo; provocar condiciones para obtener información sería una violación intolerable. Ordenó retirar la piedra añadida y estableció que cualquier uso del material requeriría supervisión. Varen la acusó de desperdiciar una ventaja que otros reinos aprovecharían sin escrúpulos.

Al mismo tiempo, los historiadores confirmaron las listas de la antigua epidemia. Elira decidió hacerlas públicas junto con documentos explicativos. Las familias descendientes de las víctimas recibieron acceso a los archivos y el palacio instaló un memorial en la antigua enfermería. Nilo dejó de aparecer la noche en que su nombre fue inscrito por primera vez.

La experiencia le enseñó que algunas voces persistían porque una parte de su historia había quedado negada. Otras, como la de su padre, permanecían por vínculos personales. No existía una única razón. Elira empezó a limitar cuándo escuchaba, cerrando salas de piedra y usando espacios construidos con madera para descansar. Gobernar no podía significar estar disponible para todas las voces a toda hora.

Varen desapareció antes de ser juzgado. Poco después, el tratado del norte fue atacado públicamente mediante documentos falsos que afirmaban revelar planes de invasión. Elira reconoció frases idénticas a los temores que su padre había expresado. Alguien estaba utilizando conocimientos de sus conversaciones privadas con los muertos.

Solo unas pocas personas sabían lo que su padre había dicho. Mara encontró pequeños fragmentos de piedra de umbral escondidos detrás de tapices en la sala donde Elira hablaba con las voces. Varen no necesitaba escuchar fantasmas. Había desarrollado un método para registrar resonancias y reproducirlas después.

Elira comprendió que su don nunca había sido el único peligro. La tecnología alrededor de la piedra permitía convertir conversaciones íntimas, incluso con los muertos, en información almacenada. Si Varen podía copiar esas resonancias, también podía editarlas. El reino estaba a punto de descubrir una forma de falsificar la voz de cualquier persona fallecida y presentarla como verdad.

La retirada de la piedra adicional no resolvió todo. Algunas resonancias ya habían quedado almacenadas en objetos del palacio y podían reaparecer sin aviso. Mara organizó un equipo para localizar esos puntos y etiquetarlos. Elira permitió que historiadores estudiaran algunos bajo condiciones estrictas, porque destruirlos habría borrado información valiosa. La diferencia era que, por primera vez, el acceso tendría reglas visibles y nadie podría utilizar una voz privada como herramienta secreta de gobierno.

Elira ordenó también revisar los lugares donde la piedra había sido utilizada fuera del palacio. Encontraron pequeñas cantidades en antiguos tribunales, hospitales y criptas. En algunos casos las resonancias aportaban información histórica útil; en otros, no quedaba nada reconocible. La investigación confirmó que no existía una frontera sencilla entre recuerdo, emoción y ruido. Cada fragmento necesitaba contexto, y esa exigencia hizo que el reino abandonara la idea de convertir la piedra en una fuente automática de verdad.

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