Relato de ficción original.
Elena tocaba el violín en el mismo acantilado desde que era niña. Su madre le había enseñado una melodía extraña, lenta y hermosa, que no figuraba en ningún libro de música. Después de la muerte de María, Elena continuó interpretándola cada noche de luna llena. Era una forma de mantener vivo un recuerdo que se desvanecía con los años.
Una noche, al terminar la primera estrofa, alguien respondió.
No era otro violinista. La música llegaba desde el océano. Una secuencia de notas graves, casi como una voz, repetía exactamente la misma melodía con pequeñas variaciones.
Elena dejó de tocar.
La respuesta se detuvo.
Volvió a empezar.
El océano contestó.
Durante semanas repitió aquel extraño diálogo. Siempre ocurría después de medianoche y únicamente cuando interpretaba la canción de su madre. Elena comenzó a llevar un cuaderno para anotar cada variación. Poco a poco descubrió que no eran improvisaciones. Parecían preguntas y respuestas.
En la séptima semana, una tormenta obligó a cerrar el puerto. Elena pensó que aquella noche no escucharía nada. Subió igualmente al acantilado.
Cuando tocó la última nota, una figura emergió del agua.
Era un hombre joven. De cintura para arriba parecía humano. Debajo, una larga cola cubierta de escamas azules se movía entre las olas.
Elena creyó que el miedo le estaba haciendo imaginar cosas.
El desconocido levantó una mano.
—Conozco esa canción.
La melodía de dos hermanas
Se llamaba Cael y aseguraba ser príncipe de una ciudad construida bajo el mar. Elena habría pensado que estaba loco si no lo hubiera visto salir literalmente del océano.
Cael explicó que la melodía pertenecía a su hermana Mara, desaparecida veinticinco años atrás. La familia la había buscado durante años. Algunos pensaban que había muerto. Otros creían que había escapado a la superficie.
Elena sintió un nudo en el estómago.
Su madre se llamaba María. Había aparecido en el pueblo aproximadamente veinticinco años atrás y jamás hablaba de su infancia. Decía haber perdido a su familia muy joven.
—Eso no demuestra nada —dijo Elena.
Cael pidió ver el colgante que llevaba al cuello.
Era una pequeña concha azul que María le había regalado antes de morir.
Cael palideció.
—Pertenecía a mi hermana.
Elena retrocedió.
Cael no intentó acercarse. Le contó que Mara había sido heredera del reino submarino y estaba comprometida por obligación con un noble de otra casa. Poco antes de la ceremonia desapareció.
—¿Insinúas que mi madre huyó?
—No lo sé. Pero si eres su hija, tienes derecho a saberlo.
Cael tocó el agua. La superficie comenzó a brillar. Debajo aparecieron luces azules organizadas como calles.
Por un instante Elena vio torres, puentes y enormes criaturas nadando entre edificios.
Un mundo entero había estado siempre bajo el mar que contemplaba desde niña.
Cael le pidió que interpretara la melodía una vez más.
Cuando Elena lo hizo, el océano se abrió formando un sendero de agua luminosa.
—Tu madre utilizaba esta canción como llave.
Elena miró el camino.
Durante años había pensado que conocía la historia de su familia.
Ahora tenía que decidir si estaba preparada para descubrir que la mitad de aquella historia se encontraba bajo el océano.