Relato de ficción original.
De regreso al palacio, Eira enfrentó a su madre. La reina admitió que conocía el sistema, pero temía que revelar la existencia de Solkar provocara pánico y expediciones imprudentes.
También confesó que intentó corregir el mecanismo cuando Eira era niña. El fracaso extendió el frío por todo el territorio.
Eira comprendió el deseo de protegerla, pero rechazó el secreto. Durante años había cargado con la culpa de una catástrofe que nunca causó.
Los investigadores propusieron instalar conductos para concentrar el frío alrededor de la cámara de Solkar. Era un proyecto enorme, pero técnicamente posible.
Los nobles se dividieron. Algunos aceptaron la evidencia; otros afirmaron que la historia era una excusa para conservar el poder de la familia real.
Eira decidió hacer públicos los registros antiguos y permitir expediciones supervisadas. La transparencia redujo rumores, aunque no eliminó desconfianza.
Los trabajos comenzaron. A medida que redirigían energía, pequeñas zonas del reino experimentaron deshielo por primera vez. La gente vio tierra húmeda bajo la nieve.
Pero el aumento de temperatura despertó movimientos en la cámara. Solkar no estaba completamente dormido. Partes de la criatura se habían extendido por túneles secundarios.
Eira descendió con el equipo y descubrió que la criatura reaccionaba no solo al calor, sino a cambios bruscos. Necesitaban una transición lenta.
El reino tendría que aceptar varios años de estaciones parciales antes de recuperar un clima normal. No habría milagro inmediato.
El plan de transición creó un consejo mixto de ingenieros, agricultores, médicos y habitantes de regiones montañosas. Eira insistió en que quienes sufrirían inundaciones o cambios de cultivo participaran desde el principio. El clima no podía gestionarse desde una cámara real como si el territorio fuera un tablero vacío.
Las primeras pruebas mostraron que algunas especies dependían ya del invierno permanente. Animales y plantas se habían adaptado durante veinte años. Recuperar calor demasiado rápido también podía destruir ecosistemas nuevos. Los biólogos diseñaron corredores y reservas temporales mientras las temperaturas subían gradualmente.
La discusión pública cambió. Ya no se trataba de decidir si Eira era culpable, sino de cómo distribuir riesgos y recursos. Algunos pueblos pedían acelerar el deshielo; otros preferían proteger sus nuevas economías basadas en hielo. La transición necesitaba acuerdos regionales y compensaciones.
Cuando una sección de Solkar se movió hacia un túnel secundario, Eira utilizó su poder para contenerla, pero evitó sellar todo con una congelación extrema. Los técnicos instalaron sensores y aprendieron de la reacción. Su capacidad seguía siendo crucial, pero dejó de ser la única defensa. Ese era exactamente el objetivo.
Para financiar la transición, la corona renunció a varios gastos ceremoniales y creó un fondo regional. Eira insistió en que los costes no recayeran solo sobre agricultores que ya habían sufrido pérdidas. Las obras térmicas se trataron como infraestructura pública, no como reparación privada de un supuesto error de la princesa.
La apertura de datos permitió que universidades extranjeras colaboraran. Algunas aportaron modelos climáticos; otras estudiaron a Solkar sin acceso directo a la cámara. Eira aceptó cooperación siempre que los resultados básicos permanecieran públicos. Después de tantos años de secreto, no quería sustituir una ocultación real por otra científica.
El consejo publicó calendarios de transición para que agricultores, comerciantes y escuelas pudieran prepararse. La recuperación de estaciones dejó de ser una promesa vaga y se convirtió en un proceso medible, con objetivos que podían revisarse si aparecían nuevos riesgos.
El consejo también creó un sistema de compensación para regiones que perderían infraestructuras o negocios adaptados al frío. Eira defendió que una transición justa debía reconocer tanto a quienes habían sufrido el invierno como a quienes habían construido su sustento dentro de él. Esa política redujo resistencia y convirtió el cambio climático del reino en un proyecto compartido en lugar de una orden real.