Relato de ficción original.
Aria pasó horas examinando la corona. Su madre jamás había hablado de Thalassa como un reino perdido ni de una familia real. En la superficie había vivido como una mujer sencilla, trabajando en barcos y criando sola a su hija.
Nerio explicó lo que los archivos prohibidos decían.
Antes de la actual dinastía gobernaba la casa Mareth, capaz de escuchar y dirigir las grandes corrientes. Una revuelta puso fin a su reinado. Los supervivientes se dispersaron y el consejo declaró que el linaje había desaparecido.
La madre de Aria era descendiente directa.
Cuando el poder de Aria se manifestó, algunos consejeros lo reconocieron. Temieron que pudiera reclamar el trono y la acusaron de usar magia robada.
—Entonces la reina actual sabía quién era yo.
—Lo descubrió años después.
La reina había intentado reparar la injusticia discretamente. Investigaba una cámara construida por los Mareth cuando desapareció.
Aria y Nerio descendieron hasta los niveles más antiguos de la ciudad. Allí encontraron una puerta que solo reaccionó cuando Aria cantó.
Detrás había una sala llena de mapas de corrientes.
En el centro encontraron a la reina atrapada dentro de una burbuja de agua inmóvil.
Seguía viva.
Una ciudad sostenida por un secreto
Al liberarla, la reina confesó que las corrientes no eran naturales. Durante siglos la familia Mareth las había guiado mediante un vínculo con enormes criaturas llamadas leviatanes.
La actual dinastía perdió esa capacidad. Para mantener la ciudad estable construyeron máquinas que imitaban parte del proceso.
Las máquinas estaban fallando.
Solo alguien con la sensibilidad de Aria podía restablecer el vínculo.
—¿Me expulsasteis y ahora necesitáis que os salve?
La reina no buscó excusas.
—Sí.
Aria agradeció la respuesta directa, aunque no redujo su enfado.
El consejo convocó una reunión de emergencia. Algunos miembros rechazaron permitir que una desterrada accediera al corazón de las corrientes. Uno incluso sugirió arrestarla después de que ayudara.
Aria se levantó.
—Entonces buscad otra persona.
La ciudad tembló.
Una corriente dejó de funcionar y varios barrios quedaron sin oxígeno renovado.
La reina ordenó disolver temporalmente el consejo y entregó a Aria acceso completo.
Aria descendió sola hacia el abismo.
Allí escuchó un canto tan profundo que sintió vibrar los huesos.
Un leviatán apareció entre la oscuridad.
Era más grande que el palacio.
Aria comenzó a cantar.
La criatura respondió.
Pero no estaba pidiendo ayuda.
Estaba advirtiendo algo.
Las máquinas de Thalassa no solo imitaban las corrientes.
Estaban dañando el fondo marino.
Cada ciclo extraía calor de respiraderos profundos y alteraba rutas migratorias que mantenían vivo el ecosistema. Los leviatanes habían intentado alejarse durante años, pero las máquinas los obligaban a volver mediante pulsos de sonido.
Aria sintió rabia.
Salvar la ciudad significaba apagar aquello que la mantenía viva.
El leviatán le mostró una última imagen: si las máquinas seguían funcionando tres días más, una falla geológica rompería el suelo bajo Thalassa.
Aria regresó al palacio con una certeza terrible.
Para salvar el reino tendría que convencerlo de abandonar parte de sí mismo.
Nerio le recordó que muchos habitantes jamás habían conocido otra vida. Para ellos, apagar las máquinas significaba abandonar plazas, templos, escuelas y casas construidas por generaciones. Aria entendió entonces que decir la verdad no bastaba; tendría que ofrecer una forma de atravesar el cambio sin convertir a quienes tenían miedo en enemigos. Esa sería la parte más difícil de salvar Thalassa.