Relato de ficción original.
Elara recogió lentamente la corona semiderretida. Varos interpretó el gesto como una rendición. El dragón permaneció inmóvil, pero el humo salía de sus fosas nasales.
—Entrégamela —ordenó el consejero.
Elara avanzó.
Kael comprendió su plan demasiado tarde.
La reina lanzó la corona hacia Varos. Él soltó una mano del huevo para atraparla. Elara corrió, agarró el cofre y rodó por el suelo.
El dragón expulsó una llamarada dirigida únicamente hacia el metal.
Varos dejó caer la corona y huyó. El oro se fundió por completo. El fragmento de hueso se partió con un sonido seco.
En todo el valle, los dragones vinculados al hechizo sintieron cómo desaparecía la última cadena.
Elara abrió el cofre. El huevo estaba intacto.
Lo dejó delante de la criatura.
El dragón lo rodeó con una ala.
Durante varios segundos reina y animal se observaron en silencio.
No hubo juramento.
No hubo nuevo pacto de obediencia.
Solo una decisión: ninguno atacaría al otro.
Ganar sin poseer
Los dragones abandonaron el campo de batalla esa misma noche. El ejército enemigo, que esperaba aprovechar el caos para tomar la capital, perdió también sus propias alianzas. Ambas partes aceptaron una tregua.
Las negociaciones duraron meses. Valdria tuvo que ceder privilegios comerciales y reconocer abusos cometidos en antiguas campañas. El resultado no fue una victoria gloriosa, pero puso fin a la guerra.
Varos fue juzgado por su intento de golpe y por poner en peligro el huevo. Elara prohibió que se utilizara la acusación de traición para castigar a quienes simplemente habían cuestionado a la corona. No quería sustituir una forma de abuso por otra.
Cuando llegó el momento de fabricar una nueva corona, Elara sorprendió al consejo.
Se negó.
Propuso convertir la monarquía hereditaria en una magistratura limitada por una asamblea de ciudades. Durante un periodo de transición mantendría funciones ejecutivas, pero ningún descendiente suyo heredaría automáticamente el poder.
Algunos nobles afirmaron que estaba destruyendo siglos de tradición.
Elara respondió:
—Una tradición no se vuelve justa por sobrevivir mucho tiempo.
Kael se recuperó, aunque la herida le impidió regresar al ejército. Se instaló en una casa cerca de las murallas y terminó dirigiendo una escuela para guardias y mediadores.
Los dragones regresaron años después a las montañas de Valdria. Construyeron nidos lejos de las ciudades, pero ya no eran considerados propiedad del reino. Algunos establecieron acuerdos para proteger rutas a cambio de territorios seguros.
Los niños fueron los primeros en perderles el miedo. Salían a las plazas para verlos pasar sobre las torres.
Una tarde Kael preguntó a Elara si lamentaba haber renunciado a la corona.
Ella observó un dragón rojo cruzando el horizonte.
—Fui reina cuando pensaba que gobernar consistía en conservar el poder.
—¿Y ahora?
Elara sonrió.
—Ahora sé que también consiste en saber cuándo devolverlo.
En el museo del antiguo palacio solo quedaba una pequeña pieza de metal derretido. Una placa explicaba que perteneció a la última corona de Valdria.
No hablaba de una derrota.
Decía: «Aquí terminó una época en la que confundimos obediencia con lealtad.»