Relato de ficción original.
Los mercenarios entraron en Yaxlum disparando al techo para intimidar al equipo de Lucía. Su jefe, Ortega, explicó que la empresa que había financiado la expedición conocía la existencia de una fuente energética bajo la montaña. No sabía exactamente qué era, pero había pagado millones para encontrarla.
Lucía mostró el corazón.
—Esto no es una batería.
—Todo es una batería si sabes conectarlo.
Balam atacó antes de que Ortega pudiera acercarse. El jaguar atravesó una pared de piedra envuelto en fuego verde y obligó a los hombres a dispersarse. No mató a ninguno; se limitó a bloquear el paso mientras Lucía descendía hacia la plaza central.
Allí encontró miles de estatuas. Una representaba a una mujer abrazando a una niña. Otra mostraba a un vendedor detenido detrás de su puesto. El ritual había congelado una jornada normal.
Lucía acercó el corazón a una de las figuras.
La piedra se volvió cálida.
Un dedo se movió.
La enfermedad que aprendió a esperar
Lucía creyó que el proceso estaba funcionando hasta que un proyectil perdido golpeó la base de la estatua.
Se abrió una grieta.
De su interior salió un líquido negro que se evaporó al tocar el aire.
Balam se detuvo.
—No puede ser.
La plaga seguía allí.
Durante doce siglos había permanecido dormida dentro de los cuerpos petrificados. La magia no la había curado. Solo había detenido todo, enfermedad incluida.
Despertar a la ciudad de golpe podría liberar el contagio.
Ortega escuchó la explicación y no pareció preocupado.
—Entonces nos llevamos el corazón y sellamos este lugar.
Lucía lo miró incrédula.
—¿Y estas personas?
—Llevan mil años convertidas en piedra. No sabrán la diferencia.
Para Lucía, aquella frase resolvió cualquier duda. No entregaría el artefacto.
Balam conocía un segundo ritual, mencionado en los registros antiguos. El corazón podía absorber la plaga antes de despertar a la población. El problema era que necesitaba un portador vivo. Alguien debía unir el objeto a su propia energía.
—¿Qué le ocurre al portador? —preguntó Lucía.
El jaguar evitó responder.
Los textos no eran claros. Algunos sugerían que quedaría unido al templo. Otros hablaban de una transformación irreversible.
Ortega y sus hombres comenzaron a rodear la plaza.
Lucía buscó otra salida.
No la había.
Una estatua cercana se agrietó sola. El movimiento del corazón estaba debilitando el hechizo. No disponían de horas para estudiar opciones.
Balam se colocó frente a ella.
—Puedo intentar contenerlos mientras devuelves el corazón.
—¿Y luego?
—La ciudad seguirá durmiendo.
—¿Cuánto tiempo?
El jaguar no respondió.
Lucía comprendió que «temporal» podía convertirse nuevamente en siglos.
Miró a la mujer de piedra abrazando a la niña.
Después observó el corazón.
Ortega gritó que era su última oportunidad.
Lucía tomó una decisión.
—Balam, dime cómo empieza el segundo ritual.
Las llamas verdes del jaguar se apagaron por un instante.
—No sabes qué precio puede tener.
Lucía sostuvo el corazón con ambas manos.
Recordó todas las discusiones que había tenido en universidades sobre quién tenía derecho a decidir el destino de un descubrimiento. En aquel momento la pregunta dejó de ser académica. Miles de personas no eran una colección ni un patrimonio propiedad de una empresa. Eran una sociedad detenida a mitad de una mañana. Si despertaban, necesitarían tiempo, protección y la posibilidad de decidir por sí mismos qué relación querían mantener con el mundo exterior.
—Tampoco ellos lo sabían cuando eligieron dormir. Pero merecen despertar.