Relato de ficción original.
Las primeras piedras golpearon los riscos donde anidaban los dragones. Orun y su grupo levantaron vuelo, pero no respondieron con fuego.
Se retiraron.
Varnek interpretó aquello como una victoria.
Mira sintió exactamente lo contrario.
El suelo tembló.
Una grieta apareció cerca de la fortaleza.
De ella salió una criatura alta, sin ojos, con piel blanca y extremidades demasiado largas.
Después otra.
Los soldados dejaron de celebrar.
Las criaturas avanzaban hacia cualquier fuente de calor: antorchas, caballos, cuerpos.
Orun descendió y lanzó fuego delante de ellas. Retrocedieron inmediatamente.
Varnek entendió por fin.
Los dragones no ocupaban las montañas por territorio.
Actuaban como una barrera.
Una alianza nacida demasiado tarde
Mira tradujo una propuesta de Orun.
Los dragones podían contener la salida durante unas horas. Los humanos debían sellar los túneles utilizando explosivos de las minas.
Varnek dudó.
Había pasado veinte años luchando contra dragones. Confiar en ellos parecía absurdo.
Mira señaló a las criaturas que trepaban por las murallas.
—No necesitas confiar en ellos para siempre. Solo necesitas mirar lo que está delante de ti.
El general aceptó.
Durante toda la noche soldados y dragones lucharon juntos. Mira corría entre ambos grupos transmitiendo instrucciones.
Descubrió que los dragones tenían nombres, rivalidades y hasta bromas difíciles de traducir.
También descubrió que muchos recordaban familiares muertos por cazadores humanos.
La alianza no borraba aquel pasado.
Simplemente creaba una necesidad común.
Al amanecer cerraron el túnel principal.
Pero Orun advirtió que existían otras entradas.
Una estaba exactamente debajo de la capital.
Varnek quiso movilizar al ejército.
Mira sabía que no llegarían a tiempo.
Orun ofreció llevarla volando.
El general se negó.
Mira subió igualmente al lomo del dragón.
Durante el vuelo vio señales de grietas en varios valles.
La amenaza era mucho mayor de lo que habían imaginado.
Cuando llegaron a la capital, las campanas ya sonaban.
El suelo de la plaza central se había abierto.
Y esta vez las criaturas no eran pequeñas.
Algo enorme intentaba subir desde las profundidades.
Orun aterrizó frente al palacio.
Los arqueros apuntaron automáticamente.
Mira levantó las manos.
—¡Si disparáis al dragón, todos morimos!
El rey apareció en el balcón.
Miró a Mira.
Después al dragón.
Y ordenó bajar las armas.
Orun le mostró a Mira una imagen de los túneles. La criatura que subía no era una exploradora. Era una reina subterránea, capaz de atraer a todas las demás hacia una misma salida.
Si alcanzaba la superficie, la capital se convertiría en una fuente de calor imposible de defender.
Los dragones podían detenerla durante minutos.
Para vencerla de verdad necesitaban cambiar el propio terreno bajo la ciudad.
Mira miró al rey.
—Necesito a todos sus ingenieros. Y necesito que confíe en criaturas a las que su familia lleva generaciones llamando monstruos.
El rey guardó silencio.
Abajo, la plaza volvió a quebrarse.
El rey aceptó abrir los planos subterráneos de la capital, algo prohibido incluso para parte del ejército. Mira descubrió antiguos canales construidos cuando humanos y dragones todavía cooperaban. Las estructuras seguían allí, olvidadas bajo calles y palacios. Eso significaba que la alianza que todos consideraban imposible ya había existido antes. No necesitaban inventar una paz perfecta; necesitaban reconstruir una forma de colaborar que sus antepasados habían decidido borrar de la historia.
El hallazgo de los canales antiguos también cambió la actitud del rey. Ordenó revisar archivos sellados y aparecieron dibujos de arquitectos humanos trabajando junto a dragones siglos atrás. La enemistad que todos consideraban eterna era, en realidad, una etapa reciente alimentada por miedo y pérdida de memoria histórica. Mira supo que aquella prueba no solucionaría la emergencia, pero podía convertirse en el argumento necesario para que la cooperación sobreviviera después de salvar la ciudad.