La viajera eligió un mundo que no era el suyo — Parte 3

Relato de ficción original.

Ada abrazó a Mara sin llamarla hija. Esperó a que fuera ella quien decidiera la distancia. Después le explicó que aquel mundo, llamado Origen por los investigadores, había quedado aislado durante diecinueve años para proteger a los demás. Mara había nacido allí, pero apenas pasó sus primeros meses en esa realidad. Su vida consciente se había desarrollado en el mundo que siempre creyó suyo.

La decimotercera puerta contenía el mecanismo que podía estabilizar la red. Ada había permanecido allí reparándolo lentamente, incapaz de cruzar porque su presencia en otros mundos reactivaría la convergencia. Para cerrar el ciclo necesitaban elegir un ancla definitiva. La lógica del sistema señalaba a Origen, pero Mara preguntó si había otra opción. Ada sonrió: esa era exactamente la pregunta que esperaba escuchar.

Cualquier mundo podía convertirse en ancla si Mara aceptaba renunciar a cruzar libremente entre realidades. La moneda dejaría de abrir puertas y la red conservaría únicamente conexiones controladas para emergencias. Elegir Origen sería sencillo, pero obligaría a Mara a quedarse en un lugar que apenas conocía. Elegir su ciudad de infancia significaría aceptar que un hogar podía ser verdadero aunque no fuera el primero.

Mara volvió temporalmente a cada realidad para despedirse. En Ilyon, Soren comprendió antes de que ella hablara. Le dijo que la amistad con su versión desaparecida no le daba derecho a exigir que Mara se quedara. En el mundo costero, la anciana profesora le recordó que recordar una vida no equivalía a deberle obediencia. Las palabras de distintas personas se unieron en una conclusión inesperadamente simple: el origen explica una historia, pero no la posee.

Finalmente regresó a la ciudad donde había crecido. Caminó por las calles comunes que antes le parecían pequeñas comparadas con mundos de dos lunas y mares rojos. Allí estaban la cafetería donde estudiaba, el taller de su padre, la vecina que regaba plantas a la misma hora. Nada era fantástico. Precisamente por eso comprendió cuánto había elegido ese lugar a través de miles de decisiones cotidianas.

Activó la moneda frente a la puerta azul del sótano. Las doce rutas aparecieron como reflejos sobre la pared. Mara declaró aquella realidad como ancla y el sistema pidió una confirmación: una vez cerrado el proceso, no podría viajar por curiosidad. Solo existirían aperturas breves supervisadas. Aceptó. La moneda se dividió en doce pequeñas líneas de luz que desaparecieron hacia cada mundo.

La convergencia se detuvo. Las ciudades dejaron de superponerse y las personas regresaron a sus realidades. Los recuerdos de las otras Maras permanecieron en ella, pero ya no llegaban como oleadas. Con el tiempo aprendió a archivarlos sin confundirlos con su experiencia presente. Algunos eran felices, otros dolorosos. Todos le enseñaban posibilidades, no destinos.

Ada pudo comunicarse mediante una ventana estable y, meses después, fue posible organizar un intercambio controlado entre investigadores. Soren visitó el mundo de Mara durante una sola tarde. Se sorprendió de que no hubiera trenes de luz ni torres suspendidas. Ella le mostró el taller de su padre y él admitió que entendía por qué había elegido aquel lugar.

Mara siguió llamándose viajera de los mundos, aunque ya casi nunca viajaba. Su trabajo consistía en ayudar a quienes estudiaban las rutas sin repetir los errores del antiguo proyecto. Cuando alguien le preguntaba cuál era su mundo verdadero, respondía que había nacido en uno, crecido en otro y aprendido de muchos. Pero había elegido quedarse donde sus decisiones tenían raíces. Para ella, eso era suficiente para llamarlo hogar.

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