Relato de ficción original.
Varos cayó de rodillas con la corona todavía sobre la cabeza. No estaba recibiendo órdenes ni poder. Estaba recibiendo recuerdos.
Elara tocó la corona cuando los guardias consiguieron retirársela y, durante un instante, vio lo mismo: huevos arrebatados de nidos, crías separadas de sus madres, dragones obligados a atacar ciudades que jamás les habían hecho daño. La magia del hueso no estaba diseñada únicamente para dominar. Conservaba el dolor de cada criatura vinculada a ella.
Elara soltó el objeto como si quemara.
Kael, atendido por los médicos, explicó lo que Aldren había descubierto. El dragón más antiguo aceptaría destruir la corona si Valdria devolvía todos los huevos guardados en las criptas reales.
—¿Qué huevos? —preguntó Elara.
Nadie respondió.
Bajo el castillo encontraron una cámara sellada. Había decenas de huevos de tamaños y colores diferentes, algunos cubiertos por polvo de siglos. Los reyes los habían utilizado como garantía: mientras poseyeran a las futuras generaciones de dragones, las criaturas adultas tendrían menos razones para rebelarse.
Elara sintió una vergüenza que ninguna derrota militar le había provocado.
Un acuerdo sin cadenas
Ordenó trasladar los huevos al patio exterior. Muchos nobles protestaron. Elara ignoró las objeciones.
Al anochecer aterrizó un dragón rojo gigantesco. Sus alas ocuparon casi toda la plaza. Los soldados retrocedieron.
Kael quería acompañar a la reina, pero apenas podía caminar.
Elara avanzó sola llevando la corona.
La criatura inclinó la cabeza. No habló con palabras. La reina sintió una idea clara en su mente: «Devuélvelos.»
Elara colocó la corona sobre la piedra.
—Primero los huevos.
Los sirvientes abrieron las puertas de la cámara y comenzaron a sacar los cofres.
Por primera vez el dragón pareció relajarse.
Elara dejó la corona frente a sus garras.
—Después esto.
La criatura inhaló.
Una llama blanca envolvió el oro. La corona comenzó a derretirse.
Entonces alguien gritó desde la galería.
Varos había escapado de los guardias. Llevaba un huevo pequeño entre los brazos y una daga apoyada sobre la cáscara.
—¡Detén al dragón!
Elara levantó una mano.
El dragón cerró la boca.
Varos exigió recuperar la corona. Decía que sin ella el reino caería y que Elara sería recordada como la mujer que destruyó Valdria por compasión.
Kael observó el huevo y palideció.
Había reconocido el patrón de sus escamas.
Elara también lo entendió al ver la reacción del dragón.
No era un huevo cualquiera.
Pertenecía a la criatura que tenían delante.
Varos sonrió al comprobar que por fin poseía una ventaja.
—Ahora sí podemos negociar.
Elara miró la corona semiderretida, el huevo y el dragón.
Sabía que una decisión equivocada podía convertir el patio en una tumba.
Miró a Kael y después a los soldados. Ninguno parecía esperar una orden sencilla. La vieja forma de gobernar habría consistido en proteger el símbolo de la corona a cualquier precio. Elara decidió hacer exactamente lo contrario: proteger primero aquello que no tenía voz en el consejo. El huevo, los dragones liberados y los civiles de la ciudad valían más que una pieza de oro. En ese instante comprendió que el conflicto ya no trataba de conservar una dinastía, sino de decidir qué tipo de reino merecía sobrevivir después de la guerra.