Relato de ficción original.
Isolde abandonó la catedral antes del amanecer con dos lobos de sombra a cada lado. Ya no los veía como criaturas nacidas de la oscuridad, sino como guardianes de algo que otras personas habían decidido borrar. Selka caminaba unos pasos detrás. La consejera seguía queriendo controlar el amuleto, pero había aceptado una tregua: ninguna de las dos entregaría los recuerdos hasta que la reina pudiera escucharlos. El problema era que los hombres de palacio ya buscaban al tercer lobo.
El amuleto condujo a Isolde hacia el antiguo barrio de los relojeros, una zona abandonada después de un incendio. Allí las sombras se movían de forma extraña, alargándose incluso cuando el sol estaba alto. Isolde comprendió que intentaban señalar un edificio concreto. Dentro encontró a un muchacho llamado Narel, descendiente de otra familia de guardianes. Él llevaba años protegiendo, sin saberlo, a uno de los lobos. Creía que era una presencia que aparecía cada vez que su vida corría peligro.
Cuando Isolde acercó el amuleto, el lobo de Narel abrió un recuerdo. Vieron a la gemela superviviente despertar después del ritual y repetir que no era la reina. Los consejeros respondieron que el reino necesitaba continuidad y que, desde aquel instante, todos debían llamarla por el nombre de su hermana muerta. Después comenzaron a transferirle recuerdos cuidadosamente seleccionados: infancia, ceremonias, promesas diplomáticas y rostros de personas que jamás había conocido.
Selka se quedó inmóvil. Había servido a la reina durante veinte años y siempre había creído que el ritual solo había ocultado un parentesco incómodo. Nadie le había contado que también habían alterado recuerdos. Isolde le preguntó cuántas decisiones podía considerar realmente propias una persona construida sobre la memoria de otra. Selka no respondió. Por primera vez, la consejera parecía menos preocupada por el escándalo político que por la mujer que había protegido durante media vida.
El cuarto recuerdo estaba oculto en el palacio. Llegar hasta él exigía atravesar pasadizos que solo Selka conocía. Entraron de noche por un acueducto seco y avanzaron hasta una cámara bajo la biblioteca real. Allí no encontraron un lobo, sino una sombra atrapada dentro de un espejo de plata. La criatura se agitó al ver el amuleto. En ese instante aparecieron soldados dirigidos por Lord Vael, presidente del consejo, quien ordenó a Selka apartarse.
Vael confesó que el consejo había vigilado durante décadas cualquier rastro de los guardianes. Según él, la verdad no era un crimen aislado sino una amenaza contra la estabilidad: matrimonios, tratados y sucesiones podían ser impugnados si se admitía que la identidad de la reina había sido fabricada. Isolde le respondió que la estabilidad no podía convertir a una persona en propiedad del reino. Vael levantó la mano para ordenar su arresto, pero las sombras se extendieron por el suelo y apagaron todas las antorchas.
En la oscuridad, Isolde entendió por fin por qué las sombras siempre aparecían antes del peligro. No la perseguían. Intentaban colocarla fuera del alcance de quienes querían silenciarla. Siguió su movimiento hasta un corredor oculto que desembocaba directamente en los aposentos de la reina. Selka, Narel y los lobos fueron detrás. Vael gritó que estaban provocando una crisis que no podrían controlar, pero ninguno se detuvo.
La reina estaba despierta. Al ver a Selka acompañada de criaturas de sombra, pidió una explicación. Isolde se arrodilló y colocó el amuleto sobre una mesa. No le dijo quién debía ser ni qué debía hacer. Solo le explicó que existían recuerdos que podían pertenecerle y que nadie tenía derecho a obligarla a verlos. La reina miró el amuleto durante un largo minuto. Después preguntó si entre aquellas memorias aparecía una mujer que cantaba junto a una ventana.
Isolde sintió un escalofrío. Ese detalle no había aparecido en ninguna visión. La reina confesó que soñaba con esa mujer desde niña, aunque nadie en palacio reconocía su rostro. Comprendieron entonces que el ritual no había borrado todo. Parte de la identidad original seguía intentando regresar. La reina extendió la mano hacia el amuleto y dijo que quería conocer la verdad completa. En cuanto lo tocó, los cuatro lobos aullaron al mismo tiempo y el espejo de plata comenzó a romperse desde dentro.