Relato de ficción original.
La princesa Elia había aprendido desde niña a ocultar cualquier emoción en público. En el palacio, una sonrisa mal interpretada podía convertirse en rumor y una pregunta inoportuna podía terminar en una reunión del consejo. Por eso, cuando una marca oscura apareció debajo de su clavícula la mañana de su vigésimo primer cumpleaños, no dijo nada. Pensó que desaparecería.
No lo hizo. El dibujo parecía una rama negra rodeando una pequeña estrella. Cada noche crecía unos milímetros. Elia comenzó a cubrirlo con vestidos cerrados y a evitar a los médicos de la corte.
Una semana después, durante una ceremonia, la marca comenzó a arder. Las antorchas del salón se apagaron al mismo tiempo. El enorme espejo situado detrás del trono se cubrió de escarcha y una figura femenina apareció en el reflejo.
Elia reconoció el rostro. Era idéntico al suyo, salvo por el cabello blanco y los ojos completamente negros.
La mujer del espejo levantó una mano. En su piel aparecía la misma marca.
—Por fin —dijo—. Queda una.
El nombre borrado
Esa noche Elia entró en los archivos privados de la familia real. Buscó retratos, registros de nacimientos y crónicas antiguas. Encontró una página arrancada de un libro genealógico y, detrás, una anotación escrita por su bisabuelo: «El linaje de Nerez no debe continuar.»
Elia jamás había oído ese nombre.
Una bibliotecaria anciana llamada Mara la sorprendió leyendo. En lugar de denunciarla, cerró la puerta y le contó una historia que ningún maestro del palacio enseñaba.
Siglos atrás existían dos familias reales. Una gobernaba durante el día; la otra protegía el reino de criaturas que atravesaban las fronteras durante la noche. Los Nerez podían ver y manipular sombras. No era una maldición. Era un don que mantenía cerrados ciertos pasos entre mundos.
Cuando desaparecieron las criaturas, los gobernantes diurnos comenzaron a temer a sus antiguos aliados. Acusaron a los Nerez de practicar magia prohibida y ordenaron eliminar su linaje.
—¿Qué tiene eso que ver conmigo? —preguntó Elia.
Mara la miró con tristeza.
—Tu madre pertenecía a esa familia.
Elia retrocedió. Su madre había muerto cuando ella era pequeña. Toda su vida le dijeron que procedía de una casa noble del sur.
—¿Mi padre lo sabía?
—Por eso nunca permitió que investigaras su pasado.
En ese instante la sombra de Elia se movió sola sobre la pared. No imitó su postura. Señaló hacia la ventana.
En los jardines había hombres con uniformes de la guardia secreta.
Mara apagó la lámpara.
—Han visto la marca.
—¿Qué quieren hacer?
La anciana no respondió.
Un golpe resonó en la puerta.
Elia sintió que algo dentro de ella despertaba. Las sombras de la habitación se alargaron, cubrieron el suelo y se unieron alrededor de sus pies.
Al otro lado, un guardia ordenó abrir en nombre del rey.
Elia miró la marca, después la puerta.
Por primera vez comprendió que el mayor peligro no estaba fuera del palacio.
Estaba en la familia que la había criado.
Mientras los golpes se repetían, Mara le explicó que la marca no despertaba por casualidad. Cada heredero Nerez manifestaba el don cuando la barrera entre mundos comenzaba a debilitarse. Elia sintió que aquella revelación convertía toda su vida en una pieza de algo mucho mayor: su nacimiento, la muerte de su madre, el silencio de su padre y aquella presencia imposible dentro del espejo. No sabía aún si podía confiar en Mara, pero sabía una cosa: si abría la puerta sin respuestas, otros decidirían por ella qué debía ser y qué debía temer.