El dragón solo despertaba cuando uno de los dos hermanos debía morir — Parte 1

Relato de ficción original.

Lena y Darian habían nacido con siete minutos de diferencia y habían pasado veintiséis años discutiendo sobre cuál de los dos era el mayor. Eran gemelos, soldados de la guardia real y descendientes de una antigua familia vinculada a la fundación del reino.

Durante la noche del eclipse recibieron una orden extraordinaria.

Debían subir al volcán de Kor y matar al último dragón rojo.

Según las historias, la criatura despertaba cada eclipse y trataba de destruir el valle. La corona conservaba dos armas preparadas para ese momento: una espada de cristal ígneo para Lena y una lanza tallada en hueso de dragón para Darian.

Los hermanos ascendieron mientras el cielo se oscurecía.

Encontraron al dragón en el borde del cráter.

No atacó.

Los observó.

—Llegáis tarde —dijo.

Darian apuntó con la lanza.

—¿Tarde para qué?

El dragón miró hacia el castillo, visible a kilómetros.

—Para descubrir que vuestro rey ya ha comenzado el sacrificio.

Lena frunció el ceño.

El dragón explicó que cada eclipse exigía la vida de un descendiente de la familia fundadora. Lena y Darian pertenecían a esa sangre.

Solo uno de los dos debía morir.

La montaña que no era una montaña

Los hermanos se negaron a creerlo. El dragón golpeó la roca con una garra.

El volcán respondió.

No con una explosión.

Con un latido.

Debajo de la montaña dormía una criatura elemental gigantesca. Siglos atrás, el primer rey no consiguió derrotarla y firmó un pacto: una vida de su propia familia en cada eclipse a cambio de mantenerla dormida.

El dragón era el guardián del acuerdo, no su beneficiario.

Durante generaciones había intentado romper el ciclo. Por eso la corona lo presentó como enemigo. Cada heredero enviado a matarlo llegaba sin saber que también era la víctima prevista para el ritual.

Lena miró la espada.

—¿Estas armas sirven para matarte?

—No. Sirven para elegir cuál de vosotros muere.

El mango de la lanza de Darian comenzó a calentarse.

Una marca roja apareció en su brazo.

El ritual lo había elegido.

Lena soltó una maldición.

—No pienso aceptarlo.

Darian, sorprendentemente, sonrió.

—Por una vez estamos de acuerdo.

El dragón explicó que existía otra opción. Podían romper el pacto, pero eso despertaría al elemental. Tendrían que enfrentarlo sin saber si podrían vencer.

—¿Algún ejército lo ha intentado? —preguntó Lena.

—No.

—Entonces tampoco sabemos que sea imposible.

El eclipse avanzaba.

El dragón abrió las alas.

Los tres comenzaron a descender hacia el reino.

Desde el castillo llegaron las campanas del ritual.

Cada sonido hacía brillar más la marca de Darian.

Lena sabía que disponían de muy poco tiempo.

Por primera vez, su misión no consistía en matar al monstruo de la montaña.

Consistía en convencer a todo un reino de que la tradición que los mantenía a salvo también llevaba siglos asesinando a los suyos.

Mientras descendían, Lena recordó las ceremonias con las que la corte honraba cada eclipse. Siempre hablaban de héroes caídos en misiones lejanas, nunca de sacrificios. Aquella mentira había permitido que la mayoría de los habitantes viviera sin cuestionar el precio de su seguridad. Darian observó la marca de su brazo y comprendió que, si sobrevivían, no bastaría con romper el pacto. Tendrían que contar los nombres y las historias de todos los que habían desaparecido antes que ellos.

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