La espada recordaba lo que él había olvidado — Parte 2

Relato de ficción original.

Kael llegó a la capital interpretando el papel de un comandante que no recordaba ser. El rey lo recibió con un abrazo y ordenó celebrar su regreso. Para todos en la corte, Kael era uno de los hombres más importantes del reino.

Eso no encajaba con el miedo que había visto en la aldea.

En su habitación encontró mapas de antiguas campañas. Varias ciudades estaban marcadas como destruidas bajo sus órdenes.

Sin embargo, al estudiar las fechas descubrió algo extraño.

En dos de aquellas batallas, Kael aparecía registrado en lugares separados por cientos de kilómetros el mismo día.

Alguien había utilizado su nombre.

Activó otra runa de la espada.

Una nueva grabación apareció.

«El rey necesitaba un monstruo conocido para ocultar monstruos desconocidos.»

Kael buscó a los hechiceros mencionados en el mensaje. Encontró a una mujer llamada Sera encerrada en las mazmorras.

Ella no mostró miedo al verlo.

—Funcionó —dijo.

Kael preguntó qué habían hecho.

—Te devolvimos la posibilidad de elegir.

El hombre detrás de la leyenda

Sera explicó que Kael sí había sido comandante y sí había cometido actos terribles durante los primeros años de la guerra. Creía que estaba aplastando rebeliones que amenazaban el reino.

Después descubrió que muchas ciudades destruidas no eran rebeldes. Habían encontrado pruebas de experimentos realizados por la corona.

El rey utilizaba magia para copiar recuerdos y órdenes de oficiales. Creó unidades que actuaban bajo la identidad de Kael, permitiendo atribuirle cualquier operación.

Cuando Kael intentó denunciarlo, el rey amenazó a su familia.

Kael pidió a Sera borrar parte de su memoria y dejar mensajes en la espada. El plan era regresar a la corte sin recordar secretos que los interrogadores pudieran extraerle.

—¿Por qué no borrarlo todo?

—Porque querías recordar suficiente culpa como para no volver a convertirte en el hombre que fuiste.

Kael sintió rabia.

—¿Y cómo sé que tú dices la verdad?

Sera señaló la espada.

Había una tercera runa.

Kael la activó.

Vio una memoria completa.

Él mismo estaba frente a una ciudad incendiada, años atrás. Había dado la orden.

No era una falsificación.

Kael cayó sentado.

Sera no intentó consolarlo.

—No todo lo malo que dicen de ti es mentira.

Esa verdad dolía más que cualquier conspiración.

El rey podía haber usado su nombre, pero Kael había construido la reputación que hizo posible el engaño.

En ese momento sonaron alarmas.

Guardias corrían hacia la mazmorra.

Sera miró la puerta.

—Ya saben que abriste la tercera runa.

Kael agarró la espada.

—¿Qué hay en la cuarta?

Sera respondió:

—La razón por la que decidiste no recordar jamás.

Antes de escapar, Sera reveló una última pieza. La cuarta runa no contenía un secreto sobre el rey. Contenía una lista de nombres.

Todos los nombres de quienes murieron realmente por órdenes de Kael antes de descubrir el engaño.

Kael comprendió por qué su antiguo yo había temido abrirla. No porque pudiera destruirlo físicamente, sino porque podía convertir la culpa en una prisión tan completa como cualquier mazmorra.

Sera le advirtió que abrir la última runa no era necesario para detener al rey. Las pruebas estaban fuera de él: documentos, copias y personas que aún podían declarar. Kael comprendió que durante años había confundido conocer cada detalle de su pasado con merecer la posibilidad de cambiar. Tal vez la verdadera prueba no era soportar más dolor, sino decidir qué haría ahora que ya no podía esconderse detrás de la ignorancia.

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