El secreto de la sirena desterrada — Parte 1

Relato de ficción original.

Aria llevaba siete años viviendo en un pequeño pueblo costero donde nadie conocía su verdadero origen. Trabajaba reparando redes, dormía en una casa frente al mar y evitaba entrar al agua cuando había testigos.

Porque Aria no era humana.

Al tocar el océano, sus piernas se convertían en una cola cubierta de escamas azules. Había nacido en Thalassa, una ciudad submarina que la desterró cuando todavía era adolescente.

Nunca contó a nadie por qué.

Una mañana encontró un pez plateado dentro de una cubeta junto a su puerta. El animal llevaba un pequeño cilindro atado a la aleta.

Dentro había un mensaje:

«La reina ha desaparecido. Regresa antes de la tercera luna.»

Aria quemó el papel.

No pensaba volver.

Pero esa noche el mar comenzó a retirarse de manera extraña. Decenas de metros de costa quedaron al descubierto. Los pescadores hablaban de un fenómeno imposible.

Aria sabía lo que significaba.

Las corrientes mágicas de Thalassa estaban fallando.

El motivo del destierro

Cuando tenía dieciséis años, Aria descubrió que podía escuchar el canto de las profundidades, una frecuencia que guiaba las grandes corrientes submarinas. Era una habilidad reservada, según la tradición, a la familia real.

Aria no pertenecía a esa familia.

El consejo interpretó su poder como una amenaza. La acusaron de haber robado magia prohibida y la expulsaron antes de que pudiera demostrar nada.

Su madre murió poco después. Aria nunca volvió.

Ahora alguien quería que regresara.

A medianoche se lanzó al océano y recuperó su verdadera forma. Nadó durante horas hasta llegar a una grieta iluminada por corales.

Thalassa seguía siendo hermosa.

Pero estaba muriendo.

Los jardines se marchitaban. Las corrientes que llevaban oxígeno a los barrios profundos eran cada vez más débiles. En el palacio la recibió un capitán llamado Nerio.

—No vine por vosotros —dijo Aria—. Vine porque si las corrientes colapsan también afectarán la superficie.

Nerio aceptó.

La reina había desaparecido tres días atrás mientras investigaba una cámara sellada.

Antes de irse dejó una orden: si no regresaba, debían encontrar a Aria.

—¿Por qué a mí?

Nerio le entregó una caja.

Dentro había una corona pequeña, demasiado vieja para pertenecer a la actual dinastía.

En el interior estaba grabado el nombre de la madre de Aria.

Aria sintió que el agua a su alrededor se volvía fría.

—Esto no puede ser.

Nerio la miró.

—Por eso te desterraron.

Aria comprendió que su poder nunca había sido robado.

Lo había heredado.

Pero Nerio todavía no había terminado. Sacó un segundo objeto de la caja: un medallón con el rostro de la antigua reina. Era idéntico al de la madre de Aria.

La joven lo observó sin respirar.

—Entonces mi madre no era una fugitiva cualquiera.

—No —respondió Nerio—. Era la última heredera de la casa que gobernó Thalassa antes de la actual dinastía.

Un temblor sacudió el palacio.

Las luces de coral se apagaron durante varios segundos.

Desde las profundidades llegó un canto grave.

Aria lo entendió.

Alguien, o algo, estaba llamándola por su verdadero nombre.

Antes de seguir a Nerio, Aria guardó la corona contra su pecho y miró por última vez hacia la salida de la cámara. Durante siete años había intentado convencerse de que Thalassa ya no formaba parte de su vida. Ahora comprendía que el exilio nunca había borrado el vínculo; solo había ocultado las razones. Y cuanto más cerca estaba de la verdad, más evidente resultaba que su regreso no era una invitación. Era una pieza necesaria de algo que llevaba generaciones esperando.

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