Relato de ficción original.
Lena y Darian llegaron a la capital montados sobre el dragón rojo, una imagen tan contraria a todas las historias oficiales que la guardia tardó varios segundos en reaccionar. Algunos soldados apuntaron. Otros simplemente se quedaron mirando.
Los hermanos exigieron hablar con el rey.
El monarca no negó el sacrificio.
—Cada generación paga un precio para que millones sobrevivan.
Darian mostró la marca de su brazo.
—Resulta fácil llamarlo precio cuando siempre lo paga otra persona.
El rey afirmó que el pacto había salvado el reino durante siglos y que romperlo sería una irresponsabilidad. Lena preguntó cuántas veces habían intentado encontrar una alternativa.
Ninguna.
El ritual funcionaba. Para los gobernantes anteriores eso había sido suficiente.
El dragón rugió desde la plaza.
El suelo tembló.
El eclipse estaba alcanzando su punto máximo.
Cuando una tradición deja de ser una solución
Lena y Darian contaron la verdad a los soldados. Muchos pertenecían a familias que durante generaciones habían perdido parientes en expediciones secretas al volcán. Entendieron de repente que aquellas muertes no habían sido batallas.
El rey ordenó arrestar a los gemelos.
Varios comandantes se negaron.
El ritual continuó de forma automática. La marca roja de Darian se extendió hasta el hombro.
El dragón explicó que para romper el pacto debían destruir las runas enterradas bajo el castillo. Hacerlo despertaría inmediatamente al elemental.
Lena miró a su hermano.
—¿Preparado?
—No.
—Perfecto. Yo tampoco.
Descendieron a las criptas con un grupo de soldados.
Encontraron una cámara circular llena de nombres grabados en las paredes. Eran los sacrificados de siglos anteriores.
Darian localizó las runas.
Utilizó su lanza para romper la primera.
El arma se partió.
El castillo entero se levantó varios centímetros.
En las calles aparecieron grietas de luz naranja.
Una mano gigantesca formada por roca ardiente emergió en el patio.
El elemental estaba despertando.
El rey bajó a las criptas.
—Todavía podemos completar el sacrificio.
Señaló a Darian.
—Su vida cerrará las runas.
Lena levantó la espada.
—No.
El rey insistió en que millones morirían si fallaban.
Darian observó los nombres de la pared.
—Eso mismo debieron decirles a todos ellos.
Rompió el segundo sello.
Una explosión de calor atravesó la cámara.
El dragón descendió por la abertura del techo.
—Ahora ya no hay vuelta atrás.
Lena sonrió con cansancio.
—Eso era exactamente lo que queríamos.
Arriba, la criatura elemental salió por completo de la montaña.
Era mucho más grande de lo que cualquier leyenda describía.
Pero por primera vez en siglos, el reino iba a enfrentarse al problema en lugar de alimentar el pacto. La diferencia parecía pequeña cuando se expresaba en una frase, pero transformaba por completo la responsabilidad. Ya no podían atribuir la seguridad a un ritual secreto ejecutado por unos pocos. Soldados, ingenieros, habitantes y gobernantes tendrían que asumir juntos el riesgo de construir otra solución. Lena sabía que podían fracasar. Aun así, prefería un peligro compartido y visible a una certeza construida sobre una víctima elegida en secreto. Esa convicción fue lo que terminó uniendo a quienes hasta entonces obedecían por costumbre.