El caballero regresó con una corona que pertenecía a un rey muerto — Parte 1

Relato de ficción original.

La reina Elara llevaba tres días viendo arder Valdria desde las ventanas del salón del trono. El ejército enemigo había cruzado las murallas exteriores, varios barrios estaban evacuados y los dragones que durante generaciones habían defendido el reino ahora volaban sin obedecer a nadie.

Al atardecer se abrieron las puertas.

Kael, capitán de la guardia y viejo amigo de la reina, entró cubierto de ceniza. Todos lo creían muerto desde la batalla del paso occidental.

Se arrodilló y sostuvo entre las manos una corona manchada.

Era la del rey Aldren, esposo de Elara.

La reina no necesitó preguntar, pero lo hizo igualmente.

—¿Dónde está?

Kael bajó la cabeza.

Aldren había muerto durante una misión secreta. No intentaba negociar una tregua, como había anunciado el consejo. Buscaba al dragón más antiguo de las montañas.

Antes de morir descubrió que la guerra no había comenzado por tierras ni impuestos. El problema era la corona.

En su interior había un fragmento de hueso de dragón utilizado siglos atrás para crear un hechizo de dominación. Cada rey de Valdria podía obligar a determinadas criaturas a luchar. Los animales que parecían aliados del reino habían servido durante generaciones contra su voluntad.

El símbolo que sostenía una mentira

El ejército enemigo había roto parte del encantamiento creyendo que liberaría a los dragones. Lo consiguió, pero las criaturas despertaron desorientadas y furiosas. Algunas atacaron fortalezas asociadas con la corona.

Kael dejó el objeto sobre el suelo.

—Aldren quería destruirla.

Elara observó el símbolo de su dinastía. En cada retrato oficial, la corona aparecía como representación de estabilidad. Ahora comprendía que también representaba siglos de control.

Un consejero llamado Varos protestó. Aseguró que destruirla en mitad de una guerra sería una locura. Sin dragones, Valdria perdería su principal ventaja.

—¿Ventaja? —preguntó Elara—. ¿Llamas ventaja a obligar a una criatura a morir por nosotros?

Varos respondió que una reina no gobernaba con sentimientos.

Kael intentó levantarse, pero la herida del costado lo hizo tambalear.

En ese instante Varos desenvainó una espada.

El golpe alcanzó la armadura de Kael y lo derribó.

Elara gritó a los guardias.

El consejero tomó la corona y se la colocó.

—Valdria necesita un rey que entienda el precio del poder.

Esperó que los dragones obedecieran.

Durante unos segundos ocurrió algo extraño.

Todos los dragones visibles desde las ventanas dejaron de volar.

Quedaron suspendidos en el aire.

Varos sonrió.

Después las criaturas giraron simultáneamente hacia el castillo.

El primero rugió.

Las vidrieras vibraron.

Kael, todavía consciente, miró a Elara.

—La corona ya no los controla.

Elara observó cómo tres dragones descendían hacia las torres.

—Entonces ¿qué está haciendo?

Kael vio el rostro de Varos deformarse de dolor.

El consejero se llevó las manos a la cabeza.

—Ahora puede sentirlos.

Y de repente empezó a gritar.

Los guardias retrocedieron mientras Varos intentaba arrancarse la corona. Entre sus gritos describía imágenes que ninguno de ellos podía ver: cuevas oscuras, cadenas alrededor de alas, nidos vacíos y campos de batalla observados desde los ojos de criaturas obligadas a luchar. Elara comprendió que aquel objeto había conservado una memoria que los libros reales habían omitido. No era solo un instrumento de poder. Era también una prueba. Y si sobrevivían a aquella noche, pensaba asegurarse de que el reino entero conociera lo que la corona había permitido durante generaciones.

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